Martes, 22 Octubre 2019 10:20

Carmen

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Nací en Periana, un pequeño pueblo de Málaga, hace 57 años. Soy la única hija de una pareja de agricultores. Recogían aceituna, labraban la tierra con mulas y yeguas, sembraban trigo, cebada, avena, lentejas, garbanzos, manzanilla para infusión, romero... Luego lo recogían todo y lo trillaban para separar la semilla de la paja, y con esta alimentaban a los mulos. Vivíamos en una finca en la que no había luz ni agua. Teníamos que ir a un pozo a por agua y a un manantial. Criábamos cerdos para comerlos en Navidad.

Mi infancia ha sido bonita. Fui una hija deseada. Fui muy traviesa... Me crié al lado de mi abuela materna. Me crié con leche condensada porque a mi madre no le subía la leche.

Así fue mi vida. Fui al colegio hasta los 14 años, aunque era muy mala estudiante. Con esa edad, mi padre se fue del campo a vivir a Málaga, para ser conserje en una urbanización. Mi madre y yo nos fuimos con él. Allí fui a una academia particular para sacarme el graduado escolar. Entré en una escuela de capacitación agraria hasta los 17 años, pero no llegué a terminar. No soy perito agrícola, como quería mi padre.

En la escuela tuve mi primer novio y con 17 años me quedé embarazada. En el momento en el que mi pareja se enteró que estaba embarazada me dijo que no quería saber nada del pequeño ni de mí, por lo que me vi únicamente con el apoyo de mis padres.

Cuando mi primer hijo tenía 6 años, conocí a un hombre del que me enamoré y nos casamos. Y tuve mi segundo hijo. El embarazo fue muy malo. Nació enfermo de hígado y necesitado de un trasplante, cosa que, en aquellos tiempos, no era tan habitual. Con 4 años y 6 meses mi hijo falleció. Siempre tuve el cariño de mis padres, pero yo era muy rebelde y me complicaba la vida sola. Mi marido, cuando conoció la enfermedad de mi hijo, empezó a maltratarme, bebía, abusaba de mí. Cuando mi hijo murió, decidí divorciarme y así hice. Pero entré en una depresión muy profunda. No terminaba de asumir que mi hijo ya no estaba. Ante mi estado me derivaron a salud mental y allí fui diagnosticada de un trastorno límite de la personalidad. Aunque me explicaban en qué consistía esta enfermedad, nunca asocié todo ello a lo que me ocurría en la vida. No tenía conciencia de tener una enfermedad y cómo esta me afectaba.

Comencé a beber, a mezclar antidepresivos y alcohol. Estuve así un año, hasta que me levanté y vi que solo tenía un brik de vino. Ahí la relación con mis padres estaba ya rota y ellos seguían cuidando de mi hijo mayor. Mi padre no llegó a perdonarme que hubiera caído en una adicción. Cuando descubrí que tenía un problema, pedí ayuda a través de un conocido que había vivido lo mismo que yo. Estuve 3 años asistiendo a terapia de grupo y conseguí mantenerme en abstinencia. Comencé a trabajar limpiando casas, cuidando personas mayores... Parecía que todo iba bien, que iba a salir adelante. Comencé a tener problemas con mi madre a costa de la herencia de mi padre, y entonces mi madre me echó de casa. Pasé a vivir en el albergue de Málaga. Como tenía una pensión no contributiva, me ayudaron a buscar una habitación.

Inicié una nueva relación a través de un anuncio del periódico. Parecía ir bien, parecía ser buen hombre, pero también conviví con situaciones de maltrato. Después de 10 años juntos, tras una paliza, el hospital puso un parte de maltrato por las lesiones, y entonces tuve fuerzas para romper dicha relación. Aunque, como no tenía nada, y dependía de él, me volví a ver en la calle, perdí la PNC por no entregar la documentación necesaria. Con apoyo, recuperé mi PNC y conseguí un trabajo de interna para tener casa y trabajo. Como no estaba bien anímicamente, abusé de nuevo de los antidepresivos, y esto me hizo robar en la casa donde trabajaba. Mi jefa me denunció y entré en prisión durante 17 meses.

Sorprendentemente, en prisión no me fue mal. Encontré apoyo en compañeras y trabajadores de la cárcel. Cuando conseguí la libertad, la única opción que tuve fue irme al albergue de Sevilla, ya que mi madre no quería que viviera en su casa. Yo no quería ir más al albergue, así que, al planteárselo a la trabajadora social de la cárcel y gracias a la pastoral penitenciaria, me acogieron puntualmente en una comunidad de religiosas. Desde allí, buscamos ayuda en Cáritas y ahora estoy viviendo en el Centro Amigo, a la espera de una plaza en residencia definitiva. 

Jueves, 03 Octubre 2019 09:51

Compartiendo juntos el viaje

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COMPARTIENDO EL VIAJE

Creo que la mayoría, cuando van pasando los años, vamos descubriendo que la vida es un camino del que tenemos claro el origen, pero el final, la meta, la vamos construyendo una y otra vez en función de nuestras experiencias personales, nuestros encuentros, los éxitos, los fracasos... Pero, sobre todo, los compañeros y compañeras en este viaje son los que nos van marcando, le van dando sentido, lo redirigen hacia diversas posibilidades.

El pasado día 19 de septiembre, con motivo de la continuidad de la campaña de Caritas Internacional "COMPARTIENDO EL VIAJE", tuvimos un encuentro con personas inmigrantes que han pasado por el Proyecto Nazaret y andan ahora en diversos espacios construyendo sus proyectos vitales. Nos pareció que era importante sentarnos con aquellos con quienes hemos tenido la inmensa suerte de compartir la vida en momentos clave: su llegada a un mundo nuevo como es España, con otra lengua, otras costumbres, en una "soledad compartida", ausentes de familia, con toda una mochila de experiencias muchas veces negativas del trayecto que los trajo hasta aquí...

Poder mirar atrás y adelante para entender dónde estamos hoy -después de tres años, en algunos casos- nos ayudó a disfrutar de algo que Jesús nos enseñó con claridad: que la familia es mucho más que la sangre, y que se amplía y fortalece cuando, mutuamente, construimos relaciones que permanecen en el tiempo, con sueños comunes. Mucho más que una relación de ayuda, un apoyo social, hemos descubierto que el paso por el proyecto nos enseña a todos y todas que, cuando se ofrecen oportunidades, pueden crecer proyectos vitales renovados. Es un mutuo enriquecimiento: aprender a ver la vida desde diferentes ópticas culturales nos ayuda a relativizar nuestros pensamientos absolutos; querer acompañar a quien ha dejado e incluso perdido todo por la posibilidad de algo nuevo finalmente te enseña a ti que tienes que dejar tus seguridades y tu zona de confort y arriesgar; que lo que encuentras no es siempre lo que buscas, pero que, si lo sabes disfrutar, te ayuda a crecer.

Fueron dos horas de escucha para saber cómo, más allá de las oportunidades que ofrece el Proyecto Nazaret, existe un camino profundo de relaciones que nos ayuda a seguir sintiendo que compartimos un viaje, el mismo viaje de la Vida en el que todos nos encontramos, y cómo, juntos y juntas, podemos hacer para construir una nueva cultura de encuentro y no de descarte.

 

Viernes, 13 Septiembre 2019 13:54

¿Más muros o más oportunidades?

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MamadouNo ha habido antecedentes, no han existido síntomas previos. De la noche al día, Mamadou pasa de ser un joven trabajador, con un salario digno, con una vida resuelta, a ser una persona dependiente, obligado a gastar todos sus ahorros en un tratamiento que en Guinea depende literalmente de los propios bolsillos de Mamadou, que ve como todo se escurre como la arena entre las manos en las pocas sesiones que puede pagarse.

Su padre, para poder ayudarle, decide buscar la manera de vender unas tierras para con ese dinero poder seguir pagando algunas sesiones más de diálisis o ver posibilidades de tratamiento en el extranjero. A la vuelta de un viaje en coche, mientras realiza estos trámites, en un accidente fortuito, pierde la vida.
El médico que trata a Mamadou le indica que en Guinea no podrá seguir ese tratamiento, y Mamadou decide gastar su dinero para irse a Marruecos. Alli gasta sus últimos ahorros en 2 sesiones de diálisis, y se ve obligado a ir a vivir “al bosque”, esperando una oportunidad que le permita seguir viviendo. Allí las personas de la Delegación Diocesana de Migraciones lo encuentran en pésimas condiciones, por lo que consiguen que pueda recibir algunas sesiones más de diálisis, pero el coste es muy alto, por lo que la única posibilidad de poder establecer algo con garantías es buscar la manera de pasar a la península y poder iniciar un tratamiento estable.

En agosto de 2017, Mamadou es acogido en Proyecto Nazaret, y después de las pruebas necesarias, pueden empezar un acompañamiento médico estable, realizando tres sesiones de diálisis a la semana que además le permiten realizar el resto de actividades como cualquier joven: estudiar para aprender español, hacer deporte, salir... .Actualmente, después de aprobar la secundaria, va a iniciar una formación profesional y está a la espera de un trasplante de riñón que le permita normalizar su vida y no hacerla dependiente de una máquina de la que ya se ha hecho amigo.

El camino no ha sido fácil. Las decisiones personales y familiares han sido literalmente traumáticas. Desde su llegada al proyecto, el trabajo de integración, gracias a los grandes esfuerzos de Mamadou de adaptar su vida a los nuevos hábitos de alimentación, estudios, etc, ha ido dando sus frutos: hoy Mamadou tiene un documento de residencia legal en España, unos estudios aprobados, un entorno que se ha convertido en su nueva familia...

La diferencia entre haber dejado su vida en una cama en Conacri y abrir un futuro de esperanza ha sido el haber ofrecido una mano, haber soñado con una oportunidad y haberla aprovechado. No creo que el sistema sanitario español se haya visto socavado por haber ofrecido una nueva vida a Mamadou. Como él, muchos chicos extranjeros, jóvenes, solo necesitan una mano que, abierta, les permita pasar, de una sociedad de descartados por el olvido, a ser personas con capacidad de aportar vitalidad y energía a nuestra sociedad. ¿Más muros o más manos?

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