Lunes, 13 Abril 2020 08:44

Resistiré

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En estos días de comienzo del Tiempo Pascual, en el Centro Amigo hemos querido ser partícipes de la alegría de la Resurrección de Cristo. Hemos vivido una Semana Santa bastante anómala. No hemos podido vivir las estaciones de penitencia de las hermandades  -con las que nos unen lazos especiales, sobre todo con aquellas que están en nuestro entorno más cercano- en nuestras calles. Pero la alegría de la Pascua, la alegría de la Resurrección, sigue siendo la misma alegría que otros años. La esperanza en que otro mundo es posible es el motivo por el que resucitamos cada día, resistimos a pesar de las adversidades y nos transformamos para construirlo.

Como ejemplo de ello, hemos querido compartir con todos vosotros la adaptación de una canción que, en estos días de relaciones a través del balcón, se ha puesto muy de moda.

Para nosotros no es tampoco una canción vacía de contenido: "No tengáis miedo. Id a llevar la noticia a mis hermanos. Decidles que se dirijan a Galilea; allí podrán verme" (Mat 18:20). Porque resistir es no tener miedo, llevar la noticia es anunciar que resistimos, anunciar que estamos llegando a Galilea.

Nuestra resurrección es resistencia, es continuar luchando, es saber dónde agarrarnos para continuar el camino. A pesar del confinamiento, a pesar de la angustia, del miedo y del esfuerzo, merece la pena resistir para, sobre todo, resucitar.

Os invitamos a ser resistencia con nosotros, ya que, "juntos, lucharemos, y lo conseguiremos".

 

Miércoles, 08 Abril 2020 18:42

El "dataismo" necesario

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AsentamientoHoy aprendí una nueva palabra que me llamó la atención. Y no es una palabra de un comentarista televisivo creativo. Es ya la forma de pensar, la filosofía, que entiende el flujo de información como un valor supremo. Es casi una "religión" que no adora a los dioses: adora los datos.

Y es verdad que, y tristemente estos días es una realidad, todo lo que nos acontece lo medimos con números, estadísticas, comparaciones de cifras.., olvidando las historias que se esconden tras esas cifras, a veces tan dramáticas.

Y, entre esas cifras, me vienen a la mente algunas que también se ocultan y no se comparten estos días: las de las personas que siguen llegando a nuestras costas (en los últimos 6 días han llegado a las costas españolas 7 embarcaciones con 253 migrantes a bordo, muchos de ellos, niños); los 25.000 niños y niñas que siguen muriendo diariamente de hambre en el mundo; las 405.000 personas que murieron este año pasado por la malaria (víctimas de más de 228 millones de personas infectadas de paludismo); las 10.000 personas que siguen muriendo cada año por una enfermedad desconocida para muchos, como es el chagas; los 72 millones de desplazados en el mundo tanto fuera como dentro de sus países (especialmente los llamados desplazados internos a los que el Papa quiere prestar especialmente atención este año); las personas que siguen muriendo por el SIDA...

Muchas cifras, demasiadas, tantas que quisiera no verlas juntas porque duelen demasiado y la impotencia para hacerles frente me hace tomar la actitud de la almeja: cerrarme para no ver y olvidar.

Sin embargo, el COVID 19, además de la tragedia que está suponiendo y que va a suponer, nos pone por delante una oportunidad. Vivir algo que la gran mayoría no hemos vivido nunca, que nos despoja de todas las seguridades, comodidades, perspectivas. Todavía muy lejano, pero en cierta manera nos puede ayudar a pensar cómo será la vida de los que les toca y les va a tocar vivir esto en situaciones bastante peores que las nuestras: la gente que no tendrá agua, aunque les mandemos jabón para lavarse las manos; las familias que viven hacinadas en un pequeño cobertizo, a menos de un metro del siguiente en los grandes poblados de plástico de Huelva o Almería, igual que en los campos de refugiados; las grandes masas de población en nuestro país, pero sobre todo en países del sur que vivían con menos de 2 euros al día y que ahora se les pide que no salgan para elegir entre la salud publica o la supervivencia familiar.

Quizás esto puede hacer sentir en cierta manera que lo que para nosotros y nosotras es ahora una excepción pasajera, es la situación cotidiana que no nos ha movilizado hasta ahora ante el dolor de tanta gente. Y que no se ha interrumpido mientras arrecia la extensión de la pandemia, sino que se va a agravar. Nos puede hacer sentir que lo que era un absurdo, como el no contratar a personas extranjeras que viven ya aquí, sino recurrir a poblaciones desde sus países, es ahora una necesidad imperiosa, para salvar nuestra economía.

En plena Semana Santa, en la que las medidas de prevención nos obligarán a vivir la Muerte y Resurrección de Jesús en una soledad nunca vista hasta ahora, en la que se siente que los inmensos templos evidencian la vaciedad de nuestro corazón y nos obliga a ponernos frente a frente con Jesús y su mensaje, tenemos por delante una ocasión única: sentir que necesitamos escuchar estos datos dolorosos, para convertirlo en gritos de hermanos y hermanas que reclaman, más que nunca, una solidaridad que va más allá de ofrecer un donativo: que nos pide una empatía tal que transforme nuestros anteriores hábitos de vida, porque como dice uno de los memes que ha corrido estos días por las redes: "No podemos volver a la normalidad, porque la normalidad ha sido el problema".

 

Lunes, 30 Marzo 2020 12:13

Celebrar la vida

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En estos días de miedo, de incertidumbre, de soledad y bastante dolor, debemos, queremos y tenemos que celebrar la vida.

Son más de 10 días los que llevamos #QuedándonosEnCasa; desde los medios no dejan de darnos malas noticias, y lo cotidiano ha dejado de serlo para dejar paso a medidas extraordinarias.

Y ahora llevamos guantes, y mascarillas, y no nos acercamos, y el azahar ha dejado paso al olor a lejía. Pero la generosidad, la imaginación, y poner todos nuestros dones al servicio han agudizado el ingenio para convertirse también en normas extraordinarias.

Esta semana fue el cumpleaños de una de las personas que acompañamos, y no pudimos comprar regalos ni celebrar todos juntos su vida que ya forma parte de la nuestra. Sin embargo, la capacidad de sacar lo mejor de nosotros, esa que a veces reservamos sólo para momentos de gran excepcionalidad, decidió hacer su aparición estelar; la magia hizo el resto.

Lo pequeño que hoy se vuelve grande y los afectos que quizás no se puedan demostrar de forma física sí se visualizan a través de maravillosos gestos de cercanía.

Luis cumplió 59 años y José Antonio, su compañero de piso, le hizo el mejor regalo que podía ofrecerle; dedicarle su tiempo, sus habilidades y toda su ilusión.

“Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos.” Refleja en Hechos de los Apóstoles 4,32 y hoy se vuelve una invitación y casi un mandato para saber que estamos juntos ante la desesperanza.  

 

 

 

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