Domingo, 15 Marzo 2020 18:02

#YoNoTengoCasa

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Iba, esta mañana, caminando hacia Centro Amigo, en la absoluta soledad del Estado del Alarma recién decretado por el gobierno, pensando en qué decir si me paraba un policía y, de repente, me ha invadido la inquietud de todos los derechos que han sido suprimidos para las personas sin hogar de la ciudad. ¿"Abastecimiento asegurado" decían?.

Iba, ya de vuelta, camino a casa, a continuar con mi cuaresma en confinamiento, leyendo el Twitter y su, ya inamovible, trending topic #YoMeQuedoEnCasa, y he caído en la cuenta de la posibilidad de no tenerla.

Y es que, a pesar de las grandes muestras de solidaridad que estamos viviendo día a día, también nos encontramos con el tan manido “Sálvese quien pueda”.

El COVID-19 tiene que hacer que nos replanteemos -como sociedad, como personas y como cristianos- cuáles son nuestros mínimos necesarios para sobrevivir y cuáles son nuestras necesidades.

Me explico: si, cuando se intuye un posible confinamiento, lo primero que piensas es en comprar papel higiénico al por mayor, en buscar un lugar de costa donde resguardarte o en si podrás teletrabajar o no, creo -solo creo- que las bases de tu yo-social parten del individualismo más grosero.

Lo siento, pero no hay en tu conciencia ni la más mínima preocupación por el otro. Imagina no tener casa: ¿dónde me “confino”? ¿dónde me protejo? Las preguntas que se hacen hoy las personas sin hogar de nuestra ciudad son muchas. Y nadie sabe darles respuestas.

La vivienda, en esta crisis, parece ser un elemento fundamental para la protección comunitaria, para la autoprotección y para la protección del propio sistema público de salud. ¡Qué pena no haber entendido antes que la vivienda es un derecho! Tendríamos muchas más personas en España protegiéndose y protegiéndonos.

He aprendido, durante este fin de semana tan intenso, en informaciones que nos afectaban de primera mano, que solo en el desapego a lo material, en la reducción más absoluta de las tenencias, se puede asumir esta serie de normas desde el otro, y no desde el yo.

He podido observar cómo personas con limitaciones cognitivas, con enfermedades de todo tipo, tanto físicas como psiquiátricas, han comprendido que el gran quid del COVID19 no es el yo, sino el nosotros. Es el somos. 

Desde Centro Amigo, donde seguiremos cuidando, apoyando, preocupándonos, ocupándonos y, sobre todo, compartiendo en este particular retiro cuaresmal, os pedimos dos pequeñas cosas: no olvidar a todos los que se han quedado “confinados” en las calles, ya que, nosotros, por nuestras historias de vida, no tenemos más remedio que tenerlos en nuestros corazones y conciencias; y no olvidarnos de rezar por que las autoridades pertinentes los tengan en cuenta, ahora, en medio de esta crisis, donde la vivienda se ha convertido en el elemento fundamental para atajarla. Y también para que, cuando se termine, no debamos volver a recordar, frente a la necesidad  y la obligación de quedarse en casa, que hay decenas de personas sin hogar en nuestra ciudad que no tienen casa en la que resguardarse. 

Miércoles, 26 Febrero 2020 08:59

Miradas perdidas que esconden historias

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Aparcado en un banco de una descuidada plaza, esperaba Naim que se hiciera de noche. El final del día siempre era difícil. No como por las mañanas, que entre la búsqueda de ocupación y la ilusión de cada jornada por ganar algo de dinero, se soportaban mejor, pero al caer la tarde el tiempo empezaba a ir despacio, como si fuera a pararse.

Aunque esté con otros a su lado, es por las tardes cuando más fuerte nota la presencia de la soledad, sobre todo cuando ve a las familias salir por el pueblo a realizar labores de rutina diaria. Cada vez que ve a un niño, no puede remediar acordarse de los suyos. Si estarán bien, si estarán sanos, cómo les irá en el colegio, si será verdad todo lo que su esposa le dice, o si ella hace lo mismo que él, que sólo cuenta lo bueno para no preocuparla. Sólo tenían 5 y 3 años, cuando se fue, demasiado niños para entender muchas cosas.

Esos pensamientos aún le hacían más difícil soportar la espera hasta la noche. Aunque lo peor era pensar si se había equivocado, si merecía la pena vivir así, separado de los suyos, viviendo al margen de una sociedad que parecía no aceptarle. Se consolaba imaginando que cuando encontrara un trabajo estable podría reunir a la familia y vivir juntos, aunque pensaba que cuando eso llegara también podría ser demasiado tarde y ya los suyos igual no querrían venir, o que ya hubieran rehecho su vida; aunque eso también era difícil, porque seguían pasando necesidad y, claro, dónde iban a querer estar mejor que con su padre... Se consolaba pensando que, aunque a él no le iba bien porque le había tocado ser el primero de un largo eslabón humano que vendría tras de sí, sus hijos estarían mejor… o igual tampoco se sentirían de allí; pero sus nietos sí, esos seguro que sí, porque ya habrían nacido allí, con todos sus derechos, y, aunque él lo hubiera pasado tan mal, habría merecido la pena tanto esfuerzo…

En esas estaba, cuando recordó que aún no había abierto la carta que esa mañana recogió de la oficina de Correos. No la había querido abrir porque seguro que sería su esposa pidiéndole otra vez dinero. Ella no sabía nada de la situación en la que se encontraba, pues sólo le enviaba fotos bonitas para no preocuparla, y claro, ella no entendía por qué no colaboraba más con la familia, que seguía en su país pasando penalidades.

Por fin la abrió, dentro del sobre no había más que una foto de su familia, de los tres en la puerta de su casa el mismo día que se marchó. La foto estaba sucia, como si alguien la hubiera arrastrado por el barro. Tras limpiarla un poco vio que por detrás había algo escrito, decía así “Aquí tienes un poco de tierra de nuestra casa, para que te acompañe” y abajo del todo, junto al dibujito de un corazón, y con muy mala letra:

“Papá, ya sabemos escribir”.

Apretó los dientes para contener la emoción, guardó la foto en el sobre, y permaneció largo rato acompañado de su imaginación y sus recuerdos… hasta que otro día más, la noche le cogió en completa soledad.
 

Domingo, 19 Enero 2020 12:28

La Cruz de la vergüenza

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LA CRUZ DE LA VERGUENZADespintada, con las huellas de muchos clavos, la Cruz de la vergüenza se encuentra entre nosotros.

A poco que te fijes, podrás ver en ella el rastro de tantos viajes y, probablemente, de más de una barca. Si te acercas, a unos metros empezarás a sentir el vaivén de las olas golpeando la madera astillada. Muchas manos agarradas al tablero sin dejar de mirar, a un horizonte si es de día y a la nada si es de noche. Si te acercas aún más, podrás sentir el miedo. El miedo de quien se arrepintió de subir pero ya era tarde. El miedo y la tristeza de quien lleva a su pequeño y no puede hacer nada para que deje de temblar. Podrás oír el llanto silencioso del que aún no ha nacido y viaja dentro de quien aún no sabe si será madre. Con ellos, el joven que a la mitad de su largo viaje decidió volver y no pudo. El del padre que iba abriendo camino sin saber si volvería a ver las caritas de sus pequeños. O el del niño que no sabía si conseguiría llegar a hombre...

En la estrechez de la barca otras muchas historias como estas completan el pasaje. Si te acercas hasta llegar junto a la cruz, comprenderás el final. Ninguno de ellos llegó. Ninguno volvió. Quedaron en la inmensidad azul de la nada... Y allí siguen, esperando que, al menos, sintamos vergüenza al contemplar los maderos que los transportaban.
 

 

 

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