Domingo, 27 Octubre 2019 10:27

Hoy, di basta, ¡Nadie Sin Hogar!

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Hoy, 27 de octubre celebramos la jornada que trata de visibilizarnos a las personas sin hogar. No tener hogar es más que no tener una casa... se trata de un cúmulo de aspectos que engloban un espacio físico pero también otras dimensiones que son fundamentales para nuestro bienestar y el de todo ser humano (relaciones, sentido vital, acceso a derechos...). Las diferentes organizaciones en las que participamos nosotras y nosotros, llevamos ya 27 años celebrando esta jornada que trata de sensibilizar sobre esta realidad y abrir caminos que nos ayuden a afrontarla. Sin embargo, y a pesar de los logros innegables conseguidos, nos da la impresión de que se asemeja a una tormenta de verano que, una vez pasada, nos sumerge de nuevo en la invisibilidad en la que habitualmente vivimos.
El lema de este año nos invita a ponernos cara... Todos sabemos la importancia que tienen los rostros concretos a la hora de sintonizar con los problemas. Se calcula que en España son unas 40.000 las personas que nos encontramos en situación de sin hogar. Esta cifra se agrava al conocer, tal y como nos indica el Informe FOESSA, que la exclusión social severa ha crecido en nuestro país y que las situaciones de personas que vivimos en hogares precarios o de inseguridad en la vivienda está también en aumento.
Pero detrás de estos datos fríos y anónimos siempre estamos personas concretas, personas que sufrimos y lloramos, personas que amamos y perdonamos, personas que, en definitiva, queremos ser felices. Cuando somos capaces de superar nuestros miedos, estereotipos y prejuicios y acercaros a nosotros, podréis observar que representamos una realidad tan plural, en la que podéis descubrir, como en todo ser humano, hombres y mujeres que estamos llenos de miserias, de riquezas y de posibilidades. Poner cara y rostro es el primer paso para contribuir a una sociedad más inclusiva que no deje en los márgenes a ningún ser humano que siempre es su auténtico valor.
Nos parece importante que, de cara a afrontar el problema social que tenemos delante, junto a la cercanía, comencemos afrontando con diligencia la prevención de las situaciones que llevan al sinhogarismo. Como en la salud, la transformación comienza previniendo las circunstancias que lo provocan. En ese sentido son muchísimos los aspectos que intervienen para que una persona acabe en situación de sinhogarismo. Podríamos decir que cada persona tiene su propia historia y su propio proceso. Sin embargo, hay algunos aspectos que coinciden en los procesos de la mayoría de nosotras y nosotros. Estos elementos tienen mucho que ver con la falta de recursos económicos y de ayudas sociales; con la falta de un trabajo digno; con las circunstancias personales (enfermedad, adicciones, relaciones familiares, hábitos...); y al final, con la ausencia de acceso al derecho a una vivienda.
Si estas son las circunstancias que abocan a tantas caras y rostros a vivir en la calle, como sociedad tenemos que afrontar el reto de trabajar juntas y juntos en la prevención del problema. En ese sentido nos preocupa este tipo de sociedad que estamos construyendo donde las relaciones se están debilitando y donde los lazos personales se rompen o se mueven desde claves utilitaristas o economicistas. Junto a ello, nos preocupa enormemente la realidad del trabajo que impide, en muchas ocasiones, una vida digna que posibilite salir de la exclusión y de la pobreza.
Por ello, con el objetivo de prevenir y de decir ¡basta! a la situación que viven tantas personas sin hogar, realizamos las siguientes peticiones a los diferentes colectivos implicados:

  1. A la ciudadanía: el sinhogarismo es siempre una vulneración de Derechos que tiene solución. Por ello, es importante superar prejuicios y miedos, y aproximarnos con sumo respeto y delicadeza a estas personas: solo cuando descubrimos en ellos caras y rostros concretos, se nos permitirá afrontar el problema que tiene solución desde la clave de la relación y de la humanidad. Lo que nos humaniza es la relación.
  2. A las entidades sociales: agradecemos el innegable trabajo que realizan en nombre de todos y todas. En ese sentido, hay que seguir impulsando espacios de coordinación y trabajo en red, de cara a avanzar en respuestas adecuadas y eficaces a situaciones de prevención del sinhogarismo.
  3. A los medios de comunicación: les pedimos una información sensible y no estereotipada de la realidad de las personas en situación de sin hogar, donde se incorpore el discurso y narrativa de las propias personas afectadas por el sinhogarismo.
  4. A las administraciones públicas: reclamamos el desarrollo de unas políticas públicas de prevención del sinhogarismo reales, que se anticipen a la pérdida del hogar y que garanticen el acceso a los recursos adecuados, así como el impulso de medidas de acceso a una vivienda pública de alquiler social. Igualmente nos parece importante que se potencien empresas sociales de inserción y cooperativas sin ánimo de lucro como espacios privilegiados donde avanzar en procesos de inclusión junto con aquellas personas que lo tienen difícil en el mercado laboral convencional.  
Jueves, 24 Octubre 2019 12:01

¿Qué nos dice la vida de Carmen?

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El testimonio de vida de Carmen muestra claramente cómo una persona puede terminar en situación de calle porque en ningún momento ha existido un mecanismo de prevención que identificara y frenara algunas de las circunstancias que le iban sucediendo.  

Dentro de un entorno familiar normal, no se da el acompañamiento ni cuenta con una red de ayuda en momentos como el abandono escolar o un embarazo temprano. La falta de formación cualificada y de empleo provocan una situación de inestabilidad que pronto se refleja en no poder mantener una vivienda o acceder a la misma. 

Casos como el de Carmen existen porque carecemos  de medidas y programas que cuenten con los resortes necesarios para evitar estas situaciones de vulnerabilidad. La detección temprana ante situaciones de riesgo, desde los servicios sociales municipales y las entidades sociales son fundamentales.  

Carmen no ha estado apoyada en la muerte de su hijo; ha visto cómo denunciar a una de sus parejas por maltrato pasaba por tener que vivir en un albergue; y no ha recibido una atención plena en torno a su enfermedad. Estas tres cuestiones, desde una visión más integradora podrían haberse abordado para evitar la resolución que ha tenido.  

No hay que obviar que, si falla la protección, al menos es necesario evitar la cronicidad buscando alternativas que permitan a las personas integrarse en espacios comunitarios que favorezcan un desarrollo pleno. Cabe destacar que estamos ante una persona con casi 60 años, que ha estado conviviendo con el sufrimiento desde los 17, sin haber obtenido una respuesta que contemplara todas y cada una de sus dificultades.  

Queda mucho por hacer, y debemos seguir siendo críticos con nuestros propios itinerarios de acompañamiento. Nada asegura que Carmen vuelva a vivir estas situaciones de riesgo, pero con su esfuerzo y con el esfuerzo de todos, debemos intentar que esto no vuelva a ocurrir.  

 
Martes, 22 Octubre 2019 10:20

Carmen

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Nací en Periana, un pequeño pueblo de Málaga, hace 57 años. Soy la única hija de una pareja de agricultores. Recogían aceituna, labraban la tierra con mulas y yeguas, sembraban trigo, cebada, avena, lentejas, garbanzos, manzanilla para infusión, romero... Luego lo recogían todo y lo trillaban para separar la semilla de la paja, y con esta alimentaban a los mulos. Vivíamos en una finca en la que no había luz ni agua. Teníamos que ir a un pozo a por agua y a un manantial. Criábamos cerdos para comerlos en Navidad.

Mi infancia ha sido bonita. Fui una hija deseada. Fui muy traviesa... Me crié al lado de mi abuela materna. Me crié con leche condensada porque a mi madre no le subía la leche.

Así fue mi vida. Fui al colegio hasta los 14 años, aunque era muy mala estudiante. Con esa edad, mi padre se fue del campo a vivir a Málaga, para ser conserje en una urbanización. Mi madre y yo nos fuimos con él. Allí fui a una academia particular para sacarme el graduado escolar. Entré en una escuela de capacitación agraria hasta los 17 años, pero no llegué a terminar. No soy perito agrícola, como quería mi padre.

En la escuela tuve mi primer novio y con 17 años me quedé embarazada. En el momento en el que mi pareja se enteró que estaba embarazada me dijo que no quería saber nada del pequeño ni de mí, por lo que me vi únicamente con el apoyo de mis padres.

Cuando mi primer hijo tenía 6 años, conocí a un hombre del que me enamoré y nos casamos. Y tuve mi segundo hijo. El embarazo fue muy malo. Nació enfermo de hígado y necesitado de un trasplante, cosa que, en aquellos tiempos, no era tan habitual. Con 4 años y 6 meses mi hijo falleció. Siempre tuve el cariño de mis padres, pero yo era muy rebelde y me complicaba la vida sola. Mi marido, cuando conoció la enfermedad de mi hijo, empezó a maltratarme, bebía, abusaba de mí. Cuando mi hijo murió, decidí divorciarme y así hice. Pero entré en una depresión muy profunda. No terminaba de asumir que mi hijo ya no estaba. Ante mi estado me derivaron a salud mental y allí fui diagnosticada de un trastorno límite de la personalidad. Aunque me explicaban en qué consistía esta enfermedad, nunca asocié todo ello a lo que me ocurría en la vida. No tenía conciencia de tener una enfermedad y cómo esta me afectaba.

Comencé a beber, a mezclar antidepresivos y alcohol. Estuve así un año, hasta que me levanté y vi que solo tenía un brik de vino. Ahí la relación con mis padres estaba ya rota y ellos seguían cuidando de mi hijo mayor. Mi padre no llegó a perdonarme que hubiera caído en una adicción. Cuando descubrí que tenía un problema, pedí ayuda a través de un conocido que había vivido lo mismo que yo. Estuve 3 años asistiendo a terapia de grupo y conseguí mantenerme en abstinencia. Comencé a trabajar limpiando casas, cuidando personas mayores... Parecía que todo iba bien, que iba a salir adelante. Comencé a tener problemas con mi madre a costa de la herencia de mi padre, y entonces mi madre me echó de casa. Pasé a vivir en el albergue de Málaga. Como tenía una pensión no contributiva, me ayudaron a buscar una habitación.

Inicié una nueva relación a través de un anuncio del periódico. Parecía ir bien, parecía ser buen hombre, pero también conviví con situaciones de maltrato. Después de 10 años juntos, tras una paliza, el hospital puso un parte de maltrato por las lesiones, y entonces tuve fuerzas para romper dicha relación. Aunque, como no tenía nada, y dependía de él, me volví a ver en la calle, perdí la PNC por no entregar la documentación necesaria. Con apoyo, recuperé mi PNC y conseguí un trabajo de interna para tener casa y trabajo. Como no estaba bien anímicamente, abusé de nuevo de los antidepresivos, y esto me hizo robar en la casa donde trabajaba. Mi jefa me denunció y entré en prisión durante 17 meses.

Sorprendentemente, en prisión no me fue mal. Encontré apoyo en compañeras y trabajadores de la cárcel. Cuando conseguí la libertad, la única opción que tuve fue irme al albergue de Sevilla, ya que mi madre no quería que viviera en su casa. Yo no quería ir más al albergue, así que, al planteárselo a la trabajadora social de la cárcel y gracias a la pastoral penitenciaria, me acogieron puntualmente en una comunidad de religiosas. Desde allí, buscamos ayuda en Cáritas y ahora estoy viviendo en el Centro Amigo, a la espera de una plaza en residencia definitiva. 

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