Miércoles, 07 Octubre 2020 09:30

Escuchar para reconciliarse

29 de mayo de 1985. Estadio Heysel, Bruselas. Todo preparado para disputar la final de la Copa de Europa entre los ingleses del Liverpool y los italianos de la Juventus de Turín, equipo conocido por sus aficionados con el evocador nombre de la Vecchia Signora. Detrás de una de las porterías se sitúan grupos de aficionados de ambos equipos, quizás demasiado cerca uno de otro. La expectación previa al partido queda en un segundo plano cuando un grupo de ultras ingleses irrumpe en las gradas en las que se sitúan los italianos. Avalancha, huida, pánico, estampida para encontrar la salida y, finalmente, la tragedia. La «tragedia de Heysel», como se llamó, se tradujo en cerca de cuarenta muertos y varios centenares de heridos. Las imágenes de los aficionados aplastados unos contra otros antes de morir, o amortajados con la bandera de su equipo, horrorizaron a medio mundo. Por aquel entonces no había tantas cadenas de televisión como ahora, ni informativos que compitieran diariamente por ofrecer las imágenes más salvajes y cruentas de cualquier parte del mundo; tampoco disponíamos de teléfonos móviles en los que conviviéramos con esa violencia. Quizás por esa falta de costumbre, esas imágenes nos sobrecogieron más de lo que lo harían hoy.

Pero eso no fue todo. Aún recuerdo algo impactante. En medio de toda esa tragedia retransmitida en directo, no todo el mundo estaba horrorizado. Días más tarde, un periodista se hizo eco de otra noticia. Tras la noche de conmoción por lo ocurrido, cuando aún los cuerpos de los fallecidos no se habían enfriado del todo, a más de mil kilómetros de Bruselas, en Turín, alguien dejaba escrito en las paredes del estadio de La Vecchia Signora «38 son pocos si son de la Juve». Probablemente, esa pintada fue realizada por algún hincha del Torino, equipo rival de la ciudad de Turín, y escrita en la piel del equipo contrario con la punta de un iceberg de odio construido poco a poco, durante muchos años.

Recordaba esta triste historia hace unos días cuando, una vez más, todos los informativos nos obsequiaron con una escena en la que unas chicas adolescentes aprovechaban el trayecto de su viaje en metro para agredir verbal y físicamente a unas personas cuyo único pecado era haber nacido lejos, es decir, ser inmigrantes. En un principio pensé que, aparte del evidente sustrato de odio, el exceso de alcohol y el anonimato de grupo les pudo servir de canal para actuar de esa manera, como pudo ocurrir en el estadio de Bruselas.

Días después, nos ofrecieron la segunda entrega. Una de esas chicas, sin que lo motivara el alcohol y sin la compañía de nadie que pudiera ampararle o animarle, grababa un video declarando abiertamente, con la misma frialdad del hincha del Torino, su condición de luchadora por los de aquí, por ser este su país, y porque se consideraba racista sin más complejos y con total convencimiento. No sólo no se arrepentía de lo que hizo en el metro, sino que, si pudiera, lo repetiría.

Varias preguntas: ¿De dónde parte tanto odio? ¿Por qué alguien puede sentirse amenazado por personas tan inofensivas? ¿En qué momento alguien le hizo ver que no hay trabajo por culpa de los inmigrantes, o que el alquiler de una casa donde vivir se ha encarecido gracias a ellos, o que le han denegado la ayuda porque se la han concedido a un extranjero..? ¿Por qué es tan fácil culpar al débil cuando nos sentimos amenazados?

Igual esa es la clave: cuando nos sentimos amenazados por la situación, necesitamos ayuda, pero no sólo para superarla, sino para comprender la causa de esa amenaza, detectar cuál es el origen de nuestro miedo, o, de lo contrario, siempre culparemos al más débil. Quizás por ello, en ocasiones, donde más odio exista pueda ser precisamente entre quienes tienen menos oportunidades, y entre quienes conviven o son partícipes directos de las mismas carencias materiales de las personas migrantes, porque alguien intencionadamente se ha encargado de señalarles al culpable de esa escasez de salidas.

Y así, durante mucho tiempo, tanto como para ir construyendo día a día ese iceberg de rabia y odio que sólo sirve para escribir en la pared de un estadio o escupir insultos en el metro. Por ello es muy necesario ver dónde nace ese hielo para ayudar a derretirlo con el calor de la escucha. Escuchar al otro como primer paso para reconciliarse.

Jueves, 24 Septiembre 2020 08:37

Parafraseando el Evangelio del Domingo

Una mañana Dios se asomó a mirar cómo estaba la situación de todos sus hijos e hijas. Por desgracia, el número de personas en situación de grave necesidad -por diferentes motivos- era cada vez mayor, aunque esto no era nuevo para Él.

Entonces, encargó a algunos de los hijos que estaban en mejores condiciones que se responsabilizaran del resto de sus hermanos y hermanas, que les ofrecieran trabajo o, al menos, ayuda para sobrevivir.

Así lo hicieron algunos, que encontraron a personas que llevaban desempleadas mucho tiempo y les ofrecieron trabajo para que pudieran hacer frente a sus necesidades de alimentación, alquileres, gastos de luz y agua...

También encontraron a otros que habían tenido que cerrar sus pequeños negocios a causa de una grave epidemia que impedía a la gente comprar, consumir, gastar, que es lo que los sostenía. Personas de bares, tiendas, mercadillos...

Más tarde, observaron a otros que se dedicaban a sobrevivir con lo más pequeño: recogida de chatarra, venta en los semáforos, comercio en una manta donde vendían lo que podían sin sitio fijo... Para estos, la situación era ya dura antes de la epidemia, pero ahora se les hacía claramente imposible.

Finalmente, al caer el día, vieron a otros hermanos y hermanas que llegaban sin nada, de lugares lejanos, huyendo de realidades a veces monstruosas: de la guerra, de la persecución por sus estilos de vida, de conflictos raciales y religiosos, del hambre o de situaciones económicas calamitosas. Siguiendo lo que Dios había pedido, los atendieron también.

Sin embargo, muchos -a veces los que más tenían, pero también otros que, guiados por estos últimos, pensaban que no era justo atender a toda esta gente- decían: «¿Cómo es posible que se ayude igual a gente honrada y trabajadora que a estos otros que acababan de llegar?». Y se justificaban diciendo que estos últimos llegaban buscando la ayuda que se les daba a los primeros, y eso no era justo.

Cuando Dios se acercó a preguntar a los que se ofrecieron a ayudar cómo llevaban el trabajo, se indignó. ¿Cómo? ¿No se estaba ayudando a todos lo que necesitaban? ¿No había dicho siempre que todo en la tierra es para la familia de Dios al completo y no para unos pocos? ¿Es que alguien iba a ser capaz de cuestionar que Él fuera bueno? ¿Acaso no es eso lo que nos ofrecía a todos: un espacio en el que todos, sin excepción, pudiéramos vivir con dignidad? Y lloró amargamente al ver cómo algunos, incluso, daban razones divinas para justificarse.

Es entonces cuando mandó a alguna gente a recordar que no hay razón alguna para el sufrimiento inútil de hermanos y hermanas de cualquier parte del mundo, estén donde estén. Él no puso nombre a países, ni marcó fronteras. Creó la Tierra y sus bienes para todos, y nos hizo responsables de que esto se mantuviera para siempre. También nos dijo que, cuando un día todo terminara, nos preguntaría, nada más y nada menos: «¿Amaste? ¿A todos? ¿Sin excepción? Pasa ... y disfruta conmigo. Y que recordáramos que los más débiles, los sencillos y los últimos son sus preferidos, antes, incluso, de los que se piensan «primeros» porque estaban de antes y son «de aquí».

O algo parecido entiendo del Evangelio del Domingo... 

Lunes, 29 Junio 2020 12:41

Vacaciones


"...Esas son mis vacaciones". Así finalizaba la redacción con la que Morgan Evans, un joven minero del norte de Gales, impresionó por su talento a Miss Moffat, la veterana profesora empeñada en que los niños y jóvenes de la cuenca minera aprendieran a leer y escribir correctamente, y no estuvieran condenados desde pequeños al trabajo en la mina.
 
En la película "El trigo está verde" Katharine Hepburn da vida a la vieja profesora Miss Moffat, quien, al final de su vida docente, llega a un pequeño pueblo minero en el que hace todo lo posible por sacar a los jóvenes del único y negro futuro que la mina les ofrece. Cuando, por la falta de resultados, está a punto de tirar la toalla, llega a sus manos la redacción de uno de sus alumnos, Morgan Evans. Para responder a la petición de la profesora de escribir algo sobre las vacaciones, el joven minero describe el significado de esta palabra mientras trabaja a muchos metros bajo el suelo, donde el aire es irrespirable y apenas se puede ver algo, pero que, incluso en esas duras condiciones es capaz de sentir su significado, puede ver los árboles, sentir la brisa del aire "...cuando camino en la oscuridad y puedo tocar con mis manos donde el trigo está verde".
 
Así describía Evans lo que para él eran sus vacaciones en la mina. Durante el tiempo que hemos permanecido en casa hemos deseado, más si cabe que años anteriores, hacer posible la realidad de disfrutar de este concepto, bien estando con amigos y familiares, compartiendo ratos de ocio y diversión, o simplemente no teniendo las obligaciones diarias del resto del año.
 
Alguien que se vio obligado a vivir largos períodos lejos de su familia por motivos laborales me contaba que lo más duro no era trabajar lejos de casa, sino los días en que precisamente se dedicaban al descanso. Esos días de fiesta, para alguien que no puede disfrutarlos por encontrarse lejos de los suyos, son los que hacen más palpable esta carencia. Quizás por eso, quiero pensar que para nuestros jóvenes del proyecto Nazaret, los días del confinamiento, aún basados en la prohibición de hacer muchas cosas, no han supuesto un endurecimiento especial en sus condiciones de vida. Al suponer una carencia generalizada para toda la población, se difumina esta necesidad con la que llevan años conviviendo, sin que una pandemia se la tenga que recordar, por lo que supongo que ha podido ser más llevadera que para el resto, pues ya antes del encierro les faltaba el cariño de los suyos y ya antes estaban condenados a no poder ver a familiares y amigos, igual que durante el confinamiento.
 
Pero lo que para unos ha significado la vuelta a la llamada "nueva normalidad", para ellos no ha sido más que volver a la "vieja anormalidad", esa en la que el concepto de vacaciones no tiene cabida, por el simple hecho de que este concepto de descanso en días de fiesta no existe cuando, sencillamente, no existen “días de fiesta”.
 
Tengo que reconocer que, de los chicos y chicas que comparten el viaje en el proyecto Nazaret, quienes más me impresionan son quienes dejaron a miles de kilómetros a sus hijos pequeños. Sólo imaginar las horas muertas de estos chicos pensando en quienes dejaron atrás estremece.
 
Si les pidiéramos una redacción igual que hizo Miss Moffat, podríamos encontrarnos con alguno que nos contara algo como ..."cuando en estas noches de verano el calor no me deja dormir, en la oscuridad de la habitación cojo en brazos al pequeño. Muy despacio y en voz baja le leo el cuento de siempre, el que más le gusta. Puedo sentir su respiración, tocar su frente para secar el sudor y observar cómo se va quedando dormido. Mientras, mi esposa termina de recoger la casa, apagamos la luz y nos vamos a dormir... Esas son mis vacaciones".
Lunes, 15 Junio 2020 11:02

Sentimientos encontrados

Sentimientos encontradosTodos y todas conocemos a uno. Chicos jóvenes -la mayoría- que siempre han estado ahí, en "su" semáforo, con su paquete de pañuelos en la mano, o diversificando el negocio con parasoles o paraguas, según las oportunidades que ofrece el tiempo.

Siempre están ahí, generalmente con una sonrisa, en parte como estrategia de negocio para conseguir el euro que necesitan, en parte por su forma de ser. Algunos se han convertido, como ocurre con el roce, en conocidos, incluso con cierto grado de amistad, con el respeto que merece la palabra. A través de su español trabado, hemos sabido de su nacionalidad, del tiempo que llevan aquí, de las dificultades que encuentran. Y, en esa relación, no pocas veces han surgido espacios de ayuda espontánea, no solo en forma económica, sino de asesoramiento. Son encuentros que duran menos que las citas médicas: el tiempo en que un semáforo pasa del rojo al verde. Apenas segundos, pero suficientes muchas veces para dejar semillas de reconocimiento a ambos lados de la conversación. Segundos para dejar la mente abierta a reflexiones sobre los problemas cotidianos, sobre nuestras posibilidades de ayuda, sobre la impotencia, la rabia. Segundos para plantearnos cuestionamientos sobre la globalización, sobre la injusticia, sobre la función de la migración, sobre las respuestas posibles, sobre los miedos a las avalanchas, sobre lo absurdo de los discursos del odio. Su sonrisa nos habla también de resiliencia, cuestiona nuestros enfados por nimiedades, confronta lo que nos preocupa con sus preocupaciones. Y nos deja pensando cuando ya metemos la primera marcha para salir, porque el semáforo ya cambió a verde y algún impaciente nos pita para que avancemos, a veces incluso manifestando su disconformidad con que, encima, pongamos buena cara y apoyemos a esta gente que... debería estar en su país.

Esta semana hemos vuelto a verte de nuevo en tu lugar, después de estos meses en que el coronavirus ha puesto el semáforo en rojo para todos y ha hecho desaparecer tu sonrisa, como la de tantos otros que viven, sobreviven, de lo cotidiano en el sentido más estricto. No sabemos si ahora sonreías, porque la mascarilla tapaba la mitad de tu cara, pero tus ojos sí brillaban, quizás por la esperanza que representan para ti la vuelta a tu único medio de vida y nuestro euro insignificante.

Tampoco sabemos si el COVID-19 estará siendo lección suficiente para hacernos revisar nuestras prioridades humanas, para empujarnos a actuar más allá del asistencialismo cotidiano, para hacernos entender que son muchos los que, de no hacer nada, seguirán siendo descartados y quedarán al margen de la necesaria reconstrucción. Pero nos alegramos de verte, hermano.  

Lunes, 23 Marzo 2020 17:44

El espejismo de la equidad

Karim el dia contra el Racismo junto a otros compañerosEstaba entrando en el piso que llamamos "de autonomía” del Proyecto Nazaret, llevando lejía y otras cosas que habitualmente hay en todos lados, pero que estos días escasean y hay que rebuscar en diferentes supermercados. Al abrirme Yacouba la puerta, me enseña la videollamada que estaba haciendo. Era Karim, un chico de Costa de Marfil, que después de estar intentando posibilidades en España, decidió dejar el proyecto y probar suerte en París, donde consigue trabajar como mecánico, aunque sin contrato.

Ahí estaba, como siempre, con una sonrisa increíble, profunda, serena, pero que contagia a todo el que se aproxima. Después de saludarnos y ver cómo estábamos, me di cuenta de que el tema de conversación sobre la situación de aislamiento y todo lo relacionado con la pandemia nos unía a todos y a todas en cualquier rincón del mundo. Mismas preocupaciones, mismas posturas, sensación al mismo tiempo de temor y de coraje, de impotencia y creatividad, de responsabilidad personal y colectiva... La palabra TODOS, por primera vez, me estaba pareciendo universal. Nos despedimos y nos emplazamos a vernos gracias a estas oportunidades que ahora valoramos más que nunca, como son internet y las miles de aplicaciones que nos permiten el encuentro.

Pero mientras me quitaba mascarillas, guantes y me enjuagaba con el antiséptico en el coche, de vuelta a casa, la idea de que algo nos unía a todos se iba enturbiando. Porque habrá muchos y muchas a quienes el #quédateencasa les quitará lo único que tienen para la subsistencia diaria: el chico que siempre está en el semáforo, mañana y tarde; la madre de familia que vende habitualmente con su manta en la calle porque no encuentra nada más para sacar el dinero que envía a sus tres hijas a Senegal; los montones de personas que siguen en los asentamientos de los poblados de Huelva, sin agua, sin medios para hacer lo más básico: lavarse las manos cada vez que tocan algo ( y ahora lloviendo a mares); la señora que se dedica al servicio doméstico y al cuidado de mayores y que, al no tener contrato, se quedará sin nada para hacer frente a los gastos cotidianos ni para enviar a su familia a Bolivia, que también debe empezar el confinamiento dejando lo que tenía para vivir, que es lo que la obligó a venir a España; una lista interminable de caras conocidas que desdibujaban la primera impresión de la equidad universal.

Es verdad que esta realidad está azotando ( y lo seguirá haciendo cuando termine) a toda la población. El virus no pide pasaporte ni permisos de residencia. Salta nuestras vallas y defensas, cruza sin problemas las fronteras de nuestra inmunidad, y afectará a muchísima gente. Y creo que ahí sí esta nuestra oportunidad: en descubrir que lo que sí nos une es la fragilidad, la indefensión ante algo que no sabemos controlar y que debemos confiar en otros para saber cómo evitar que siga haciendo daño. Nuestra fragilidad compartida será lo que sï nos pueda unir.

Estar atento al vecino o la vecina que quizás no se atreva ni a pedir ayuda será lo que de verdad reconstruya nuestra rota humanidad. La creatividad será la que guíe la manera de hacer la solidaridad más cotidiana. Es fundamental que los aprendizajes que esta situación nos está obligando a realizar no se nos olviden. La denuncia de la forma en que se han hecho o se han dado las respuestas públicas habrá que hacerlas. Sin falta y con voz alta. Pero la responsabilidad personal y colectiva sobre los que nos rodean, más que nunca, debe ser el centro de nuestro quehacer cotidiano.
 

Jueves, 21 Noviembre 2019 10:59

Derecho a la vida

FOTO DANIELATres kilos trescientos gramos. Muy rosadita, aunque con pequeñas manchas en la piel. Manos pequeñas, pero inquietas, como queriendo experimentar con el tacto tanta novedad por descubrir.

Su madre, rebosante de alegría, aunque con dificultad de expresarla por el cansancio de varias horas de parto en que su hija intentaba asomarse a este mundo y no se atrevía por no saber que habría fuera…

Así, como otros muchos partos, ha sido el nacimiento de la hija de una de las personas que está ahora acogida en el Proyecto Nazaret: único y al mismo tiempo ancestral. Y casi sin quererlo, todos y todas volcamos en ese momento cantidad de experiencias propias y ajenas, cargadas de alegrías, de cuidados, de recomendaciones… Porque la vida no debiera pararse en ese momento en nada más, ni en preguntar por orígenes, ni por la capacidad de demostrar si eres de aquí o de allá a través de unos papeles…

Sin embargo, pronto, muy pronto, sobre la pequeña habrá que tomar decisiones: elegir si quiere ser española porque ha nacido aquí o del lugar de origen de la madre. Y no es vana la decisión, si decide ser “extranjera”, por conservar sus raíces, puede verse obligada a renunciar a muchos de los derechos ciudadanos que cualquiera de los que hemos nacido aquí tenemos. Si decide ser española, tendría que esperar un año a serlo, y probablemente también, si no hay leyes que permitan la doble nacionalidad, también perdería la posibilidad de sentirse plenamente heredera de la cultura de sus padres. No es cuestión de organización administrativa: esa decisión la puede colocar en espacios muy diferentes de cara a tener más o menos derechos.

En muchos casos parecidos, nos podemos encontrar que esta decisión suponga que los hijos tengan más derechos que los padres, y que incluso, éstos puedan ser expulsados del país, y ellos no. No. No estoy hablando de Estados Unidos, sino de nuestro país y sus leyes. Leyes que para ciudadanos y ciudadanas de otros lugares les obligan, por decreto a la exclusión. Leyes que no buscan ofrecer espacios para la integración, salvo que se venga con dinero suficiente para comprar esa integración. Leyes que no contemplan las realidades humanas de personas que ya están aquí y viven con nosotros desde hace tiempo: aunque tengan posibilidades de tener un contrato de trabajo en mano, aunque lleves más de 10 años y aún no puedas votar como ciudadano, aunque vivas entre vecinos que puedan testificar tu residencia y no puedas optar al padrón por carecer de otros documentos… Frente a lo que se dice en los discursos, lo que prima no son los esfuerzos para crear espacios de encuentro, sino limitar los derechos de quien no nació aquí.

Efectivamente, el nacimiento de nuestra pequeña nos invita a valorar la vida en si y por si, tal cual, con toda su dignidad, esa dignidad que nadie nos la otorga, sino que nos viene dada, regalada, aunque luego tengamos que luchar toda una vida para que se nos reconozca.
 

Jueves, 03 Octubre 2019 09:51

Compartiendo juntos el viaje

COMPARTIENDO EL VIAJE

Creo que la mayoría, cuando van pasando los años, vamos descubriendo que la vida es un camino del que tenemos claro el origen, pero el final, la meta, la vamos construyendo una y otra vez en función de nuestras experiencias personales, nuestros encuentros, los éxitos, los fracasos... Pero, sobre todo, los compañeros y compañeras en este viaje son los que nos van marcando, le van dando sentido, lo redirigen hacia diversas posibilidades.

El pasado día 19 de septiembre, con motivo de la continuidad de la campaña de Caritas Internacional "COMPARTIENDO EL VIAJE", tuvimos un encuentro con personas inmigrantes que han pasado por el Proyecto Nazaret y andan ahora en diversos espacios construyendo sus proyectos vitales. Nos pareció que era importante sentarnos con aquellos con quienes hemos tenido la inmensa suerte de compartir la vida en momentos clave: su llegada a un mundo nuevo como es España, con otra lengua, otras costumbres, en una "soledad compartida", ausentes de familia, con toda una mochila de experiencias muchas veces negativas del trayecto que los trajo hasta aquí...

Poder mirar atrás y adelante para entender dónde estamos hoy -después de tres años, en algunos casos- nos ayudó a disfrutar de algo que Jesús nos enseñó con claridad: que la familia es mucho más que la sangre, y que se amplía y fortalece cuando, mutuamente, construimos relaciones que permanecen en el tiempo, con sueños comunes. Mucho más que una relación de ayuda, un apoyo social, hemos descubierto que el paso por el proyecto nos enseña a todos y todas que, cuando se ofrecen oportunidades, pueden crecer proyectos vitales renovados. Es un mutuo enriquecimiento: aprender a ver la vida desde diferentes ópticas culturales nos ayuda a relativizar nuestros pensamientos absolutos; querer acompañar a quien ha dejado e incluso perdido todo por la posibilidad de algo nuevo finalmente te enseña a ti que tienes que dejar tus seguridades y tu zona de confort y arriesgar; que lo que encuentras no es siempre lo que buscas, pero que, si lo sabes disfrutar, te ayuda a crecer.

Fueron dos horas de escucha para saber cómo, más allá de las oportunidades que ofrece el Proyecto Nazaret, existe un camino profundo de relaciones que nos ayuda a seguir sintiendo que compartimos un viaje, el mismo viaje de la Vida en el que todos nos encontramos, y cómo, juntos y juntas, podemos hacer para construir una nueva cultura de encuentro y no de descarte.

 

Viernes, 13 Septiembre 2019 13:54

¿Más muros o más oportunidades?

MamadouNo ha habido antecedentes, no han existido síntomas previos. De la noche al día, Mamadou pasa de ser un joven trabajador, con un salario digno, con una vida resuelta, a ser una persona dependiente, obligado a gastar todos sus ahorros en un tratamiento que en Guinea depende literalmente de los propios bolsillos de Mamadou, que ve como todo se escurre como la arena entre las manos en las pocas sesiones que puede pagarse.

Su padre, para poder ayudarle, decide buscar la manera de vender unas tierras para con ese dinero poder seguir pagando algunas sesiones más de diálisis o ver posibilidades de tratamiento en el extranjero. A la vuelta de un viaje en coche, mientras realiza estos trámites, en un accidente fortuito, pierde la vida.
El médico que trata a Mamadou le indica que en Guinea no podrá seguir ese tratamiento, y Mamadou decide gastar su dinero para irse a Marruecos. Alli gasta sus últimos ahorros en 2 sesiones de diálisis, y se ve obligado a ir a vivir “al bosque”, esperando una oportunidad que le permita seguir viviendo. Allí las personas de la Delegación Diocesana de Migraciones lo encuentran en pésimas condiciones, por lo que consiguen que pueda recibir algunas sesiones más de diálisis, pero el coste es muy alto, por lo que la única posibilidad de poder establecer algo con garantías es buscar la manera de pasar a la península y poder iniciar un tratamiento estable.

En agosto de 2017, Mamadou es acogido en Proyecto Nazaret, y después de las pruebas necesarias, pueden empezar un acompañamiento médico estable, realizando tres sesiones de diálisis a la semana que además le permiten realizar el resto de actividades como cualquier joven: estudiar para aprender español, hacer deporte, salir... .Actualmente, después de aprobar la secundaria, va a iniciar una formación profesional y está a la espera de un trasplante de riñón que le permita normalizar su vida y no hacerla dependiente de una máquina de la que ya se ha hecho amigo.

El camino no ha sido fácil. Las decisiones personales y familiares han sido literalmente traumáticas. Desde su llegada al proyecto, el trabajo de integración, gracias a los grandes esfuerzos de Mamadou de adaptar su vida a los nuevos hábitos de alimentación, estudios, etc, ha ido dando sus frutos: hoy Mamadou tiene un documento de residencia legal en España, unos estudios aprobados, un entorno que se ha convertido en su nueva familia...

La diferencia entre haber dejado su vida en una cama en Conacri y abrir un futuro de esperanza ha sido el haber ofrecido una mano, haber soñado con una oportunidad y haberla aprovechado. No creo que el sistema sanitario español se haya visto socavado por haber ofrecido una nueva vida a Mamadou. Como él, muchos chicos extranjeros, jóvenes, solo necesitan una mano que, abierta, les permita pasar, de una sociedad de descartados por el olvido, a ser personas con capacidad de aportar vitalidad y energía a nuestra sociedad. ¿Más muros o más manos?

Viernes, 19 Julio 2019 08:18

Lo cotidiano como conquista

Estas dos últimas semanas, hemos podido ver en prensa el éxito que han alcanzado algunos de nuestros participantes después de mucho luchar en el camino por labrarse un futuro, con la ayuda de personas que trabajan con constancia junto a ellos para que esto pueda ser así. Participantes que hoy estudian carreras, son cocineros, tienen trabajo fijo, un alquiler y hasta han formado una familia aqui. Es un regalo mostrar que, entre todos, esto es posible, y agradecemos que haya espacios para darlo a conocer. Mucho. 

Hoy, queremos ir un paso más allá. Reflexionando sobre el tema, y teniendo como horizonte lo que nos gustaría que fuera...¿Debería ser noticia que alguien estudie la enseñanza secundaria... y la apruebe? ¿Es un prodigio que un joven pueda acceder a la universidad? ¿Trabajar de cocinero es una excepción que confirma la regla? Pues sí. Aún es así. Aunque hablamos de igualdad de oportunidades, muchas son las personas que para acceder a recursos básicos de cualquier ciudadano se encuentran con trabas imposibles. En el caso de las personas migrantes. ellos hablan de vallas a veces más altas que las de Ceuta y Melilla; vallas en las que además deben también evitar múltiples concertinas burocráticas que le impiden avanzar como personas, debiendo reiniciar una y otra vez el camino andado.

Nos queda aún mucho para asumir que la ciudadanía (y todos los derechos que ello conlleva) no puede seguir ligada a documentos, fronteras, tiempo de estancia, sino que nos lo da el hecho de residir y convivir en un lugar. Una traba administrativa como es la falta de un documento (como si nosotros nos quedáramos sin DNI) no puede ser un obstáculo permanente para acceder a la formación o el trabajo, cuando se han hecho todos los esfuerzos para desarrollarlos de forma suficiente (aprendizaje de la lengua, conocimiento de las formas de hacer, experimentar la cultura de acogida).

Desde el Proyecto Nazaret vivimos en lo cotidiano todas esas alegrías: la obtención de una documentación, el aprendizaje de la lengua tras grandes esfuerzos cotidianos, el acceso a pruebas que abren el camino de la formación (la ESA, la formación profesional, cursos de empleo, acceso a la universidad). Y es verdad que no son logros fáciles, máximo cuando se viene de otro país con otra cultura, con otra lengua, sin recursos, sin redes de apoyo, sin más equipaje que el deseo de conseguir un sueño elaborado durante mucho tiempo.

Como Hayouba, Isabelle, Alhassan, Bassi, Sani o Jean Baptiste, son varios los jóvenes que vemos caminar alcanzando parte de lo que buscaban. Pero podrían ser muchos más si cambiamos nuestra forma de ver la realidad de las personas migrantes y ofrecemos oportunidades, que aprovecharán sin duda, en vez de bloqueos mentales producto de un miedo infundado que limita las posibilidades de muchos hermanos y hermanas que ya viven con nosotros y que seguro aportarán mucho a nuestra realidad.
 

Lunes, 18 Febrero 2019 11:27

Los sucesos del Tarajal... ¿por sistema?

 

MARCHA AL TARAJAL

Yves, Samba, Daouda, Keita,,, son solo algunos de los nombres de los fallecidos en la playa del Tarajal hace ya cinco años cuando intentaban cruzar la frontera española a través del mar.

Para ese día, solo eran números, como tantas otras veces: "15 inmigrantes murieron al intentar…”. Pero todo cambia cuando detrás de esa noticia aparece un nombre propio, que no solo hace referencia a una persona, sino al proyecto de toda una familia, que se ve ahogado en ese momento.

Desde Proyecto Nazaret esta es la realidad que vivimos cotidianamente. No es un proyecto que trabaje con un colectivo. Trabajamos con personas con nombre, apellido, familia, historia... y sueños, muchos sueños. Nacidos antes del día que deciden salir de sus casas. A veces de mutuo acuerdo con la familia; otras, la mayoría, casi a escondidas, para evitar el sufrimiento de esa decisión. Sueños que se van transformando, rehaciendo, creciendo... en un tránsito, a veces increíblemente duro, por diferentes países. La capacidad de sus sueños es lo que les hace pasar por diferentes lugares, bajo condiciones que nunca habrían pensado, como el desierto del Sahara. Desconocemos la cantidad de personas, compañeros, que han muerto en ese inmenso cementerio que nadie quiere nombrar y los que pasan intentan olvidar para poder seguir adelante, reforzando el deseo de, un día, devolver una llamada a su familia contando que han logrado sobrevivir…

Aún deben pasar por Argelia para poder buscar trabajos en condiciones de semiesclavitud, para poder volver a ahorrar algo de dinero que le permita llegar a un destino que desconocen. Y algún día consiguen pasar a Marruecos, chocando una vez más con la realidad de una sociedad que. en una gran parte. los excluye, donde la represión policial, financiada por "los acuerdos de cooperación en materia de migración" de Europa, intenta desmontar nuevamente los sueños a base de redadas, porra y exclusión, obligándoles a vivir en la zona de montaña alejada de la población, en condiciones que nunca antes habían vivido. Y si son atrapados... vuelven al punto de partida, al desierto. Una, dos, tres, cuatro veces intentan pasar por la valla de Melilla, Ceuta, por el mar, propcurando dar lo que piensan que es el último paso de su trayecto.

Pero ese día muchos, intentando dar el paso, pensando que llegaban al lugar donde poder empezar realmente su destino se encontraron con bolas de goma que impedían su acceso a tierra. Desconcierto, miedo, rabia, coraje…Todo hundido en el mar. Y no solo con los que fallecieron. Todos los que lo vieron, los que sobrevivieron y los que no pudieron ni intentarlo. Pero también muchos de los que, en esta otra orilla, veíamos sorprendidos cómo las normas internacionales más elementales eran vulneradas.
Y es que la “política de las pelotas de goma” sigue activa. Porque una vez aquí se siguen disparando argumentos de rechazo que hunden a diario a muchas personas que solo tienen interés en trabajar, construir, crecer...

Pelotazo de goma es pedir que se vuelva en la frontera a alguien que viene huyendo de la pobreza; pelotazo de goma es negar durante 3 años la posibilidad para encontrar un contrato de trabajo, incluso queriéndolo el empleador; pelotazo de goma es también cuestionar la posibilidad de tener asistencia sanitaria... por no “ser de aquí”; pelotazo de goma es que tengas siempre que explicar que tu creencia religiosa no está cargada de violencia, como ocurre con los musulmanes.

Recordar el Tarajal y hacernos presente como Caritas es unirnos a todas aquellas personas que juntos trabajamos por entender que previo a todos los derechos está la persona, con todos los derechos reconocidos como humanos por el solo hecho de ser persona.

 

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