Viernes, 23 Octubre 2020 12:27

«Entre dos aguas»

Muchos pasan desapercibidos, ocultos ante nuestras miradas: en una esquina, en un soportal, pidiendo en la puerta del supermercado... Por suerte, tenemos otros sentidos, como el del oído.

Era difícil que Javier pasara desapercibido cuando se acercaba a nosotros para pedirnos algo a cambio del arte derramado, pues, aunque no lo viéramos, se le oía: primero a su guitarra y luego a él, con esa media sonrisa en su cara, llena de arte y jirones de una vida difícil.

Las cosas de la vida: de ser profesor a buscarse el sustento en la calle. «Entre dos aguas» era su interpretación favorita.

Y «Entre dos aguas» corren los destinos de las almas. Javier era famoso. Sus videos tienen miles de visitas en las redes sociales. Sin embargo, su vida no cambió. Y no lo hizo porque el Padre tenía otros planes para él; y se marchó de este mundo para recordarnos a todos que no solo tenemos oídos para escuchar la música. También tenemos unos ojos que deberíamos abrir para ver el alma de nuestros hermanos mas necesitados.

 

 

«Hola, mi nombre es ninguno. No tengo rostro. No tengo vida y hasta yo dudo de mi propia existencia. Tampoco tengo familia, ni amigos y solo siento el aliento de la soledad y el silencio.

Yo soy la cara de él o de ella, soy la nada con recuerdos y una historia por mochila. Una vez fui tú. Fui una persona de las que llamáis "normal", con familia, hogar, amigos y las mismas necesidades banales de las que hoy tan orgulloso se jacta esta sociedad.

Hoy, esta persona sin rostro ni nombre habla por todas aquellas que cargan el mismo peso. Por cada anciano, anciana, hombre, mujer, niño o niña que atraviesa por este sinuoso y angosto camino... posiblemente tú nos conozcas mejor como excluidos sociales... vaya palabra ¿eh?... empero, ¿Qué significa en realidad? ¿Qué no contamos?, ¿Qué restamos?, ¿Qué no valemos?... ¿Qué somos para ti?...

Nosotras, las personas sin hogar no juzgamos a la totalidad de la sociedad, pero mentiría si no dijese que sí sentimos vergüenza. Sentimos una humilde y pacifica vergüenza de esta sociedad que siempre imperó "tanto tienes, tanto vales".
¡Que irónico!... Resulta que tenemos ganas de vivir, ganas de progresar. Luchamos cada día por conseguir una buena acción, algo que aporte y no reste.

Peculiarmente la vida tiene su forma de corregir y nos ha enseñado al mundo entero que no debemos ir por el mismo camino por el que íbamos... no olvides nunca que yo, fui tú... A principios de este año un insignificante virus puso en jaque a todo el planeta.... Y surgió́ el milagro, lo mejor de nosotros y nosotras salió como raza. Ya no había tanta diferencia, ya todos éramos uno y las alianzas volvieron a nacer, volvieron a resurgir. Gran parte del mundo fue consciente de lo que era la soledad y el silencio. Voluntarios y voluntarias, autoridades, profesionales, desconocidos y desconocidas dieron lo mejor de sí mismo para minimizar los daños de esa enfermedad que se llevó a la generación que nos dio la vida. Nuestros padres, madres, abuelos y abuelas... una generación que supo de la miseria y la agónica tristeza. Aprendamos de nuestros fallos y cuidemos como el gran tesoro que son, nuestros mayores, se lo debemos, nos lo debemos.

Por todo ello, pedimos a las autoridades la puesta en marcha de programas efectivos para que se nos rebautice de nuevo, para dejar de ser una nada y formar parte de un todo. Un todo que luche aunando esfuerzos y en la misma dirección. No más silencios, no más dolor, no más vacíos... la sociedad ahora comienza a intuir que bogamos los mismos mares y debe de entender que si remamos todos y todas, menos será́ el esfuerzo. Necesitamos proyectos reales de inclusión social, tratamientos médicos para los drogodependientes que abarque mayor espectro social. Programas efectivos de visita, ayuda y escucha de nuestros mayores. Necesitamos que nuestros jóvenes conozcan nuestra historia para evitar que se reproduzca de nuevo. Queremos que la sociedad entera se haga eco de nuestra muda voz y que piensen en que hoy somos nosotros y nosotras, pero... ¿y mañana?... hacemos un llamamiento a los gobiernos que nos rigen para que no haya más gente sin nombre ni cara, sin vida ni futuro.

Nosotros y nosotras, que somos vosotros y vosotras, lanzamos un grito sordo de ayuda para que contéis con cada uno de estos hombres y mujeres que están preparados parar coger el testigo y devolver a esa parte de la sociedad la ayuda recibida. Pero nada cambiará hasta que no entiendas que una vez, fui como tú.»

Viernes, 23 Octubre 2020 11:00

Cuando recibes más de lo que puedes dar

Dar y recibirSoy educadora de Centro Amigo desde hace ya muchos años y muchas veces me preguntan si mi trabajo es ingrato, si no me canso de ver gente que fracasa en su intento de cambiar de estilo de vida, de verlos cómo se deterioran de salud a veces o vuelven a consumir y se van de aquí. Siempre respondo que el tiempo que pasan con nosotros se queda en su vida y, en muchos casos, en su corazón, y que tenemos que trabajar por ellos con todos los recursos de los que disponemos y con el mejor de los ánimos, simplemente porque se lo merecen y para nosotros, cristianos, son nuestros hermanos y preferidos de Dios.

En todos estos años he vivido muchos momentos de desánimo y de sentir el desprecio por nuestro trabajo, momentos muy duros y difíciles, pero tengo que decir que también he vivido momentos de mucha gratitud, lecciones de humildad, de perdón, de reconocimiento a nuestra labor. He disfrutado de vivencias muy buenas y divertidas, del día a día en una casa llena de vida y de anécdotas, de risas y de un aprendizaje mutuo.

Uno de estos momentos para celebrar y dar gracias ha ocurrido hace unos días, cuando, tanto la cocinera del centro como yo, hemos recibido un regalo inesperado, una sorpresa que nos ha sobrecogido y emocionado. Y es que uno de los acogidos le ha encargado a sus hermanas que nos trajeran un ramo de rosas porque quería agradecernos la ayuda que le prestamos: a la cocinera por su labor y porque le deja ayudarla en la cocina; y a mí porque soy su tutora y era mi santo. Lo sorprendente es que es una persona que tiene un problema de memoria a corto plazo y cada día hay que recordarle las cosas más cotidianas. Nos pregunta si ha llamado a sus hermanas e hija, si puede salir, qué tarea tiene que hacer. Todos los días le explico las medidas que tenemos con el coronavirus y él lo agradece y acepta, pero no lo recuerda al día siguiente.

La cocinera me dice que fue emocionante porque ella no estaba en ese momento y le mandamos un vídeo en el que le enseñaba el ramo y le decía que viniera a recogerlo. Comenta que fue algo increíble que una persona como él le hiciera un regalo así, cuando, desde que murió su madre, nadie le había regalado nada. «Estos detalles hacen que una venga a trabajar con los mejores ánimos y con mucha ilusión por hacerlo lo mejor que pueda».

El momento en que llegaron las hermanas con los ramos de flores fue precioso ver su cara de satisfacción, su emoción y la mía al darme el ramo, con mis lágrimas cuando le pregunto que por qué este regalo y me contesta: «Porque me sale del corazón».

Como respuesta a esto, a mí lo que «me sale del corazón» es un profundo agradecimiento por tener la suerte de trabajar en un proyecto como este. Doy gracias a Dios por todas y cada una de las personas con quien he compartido estos años de mi vida en Centro Amigo, porque de cada una he aprendido y me ha hecho -espero- mejor persona.

Gracias, Centro Amigo y -especialmente hoy- Jesús.

Viernes, 23 Octubre 2020 09:57

Protección del Derecho Humano a la Vivienda

La vivienda es un derechoEn el contexto del confinamiento que hemos vivido este año, el Derecho Humano a la Vivienda se ha convertido en una condición fundamental de seguridad sanitaria, social y económica para el desarrollo de una vida en dignidad. Hemos visto que existen políticas públicas de protección de este derecho para una parte de la sociedad española (protección de los desahucios, de impagos de alquiler, ERTES...), pero, ciertamente, la administración pública no ha tenido en cuenta del mismo modo a ciertos colectivos «invisibles»: migrantes sin documentación, empleadas del hogar en régimen interno, trabajadores sin contrato... Hemos contactado con Mariví para conocer el testimonio de una iniciativa de protección del Derecho Humano a la Vivienda a través de la colaboración ciudadana y comunitaria. En audio:

 

 

Miércoles, 21 Octubre 2020 08:40

«Gracias»

GraciasCuando ingresa una persona en el centro, para nosotros, igual que para ella, se abre un abanico de posibilidades, de incertidumbres y de emociones. No sabemos cómo va a ser la relación, si va a fluir con mayor o menor dificultad. Nuestra parte es estar disponibles para acoger con el corazón abierto a la persona.

El primer día no suele ser fácil para quien llega. Son personas cargadas de experiencias dolorosas, con sus mochilas repletas de cansancio, de rechazo y de abandono, que entran en un lugar nuevo lleno de rostros desconocidos, normas, horarios... Algunos se dan cuenta de que han dejado de ser invisibles, de que son acogidos, aceptados, escuchados. Con el tiempo, también comprenden que se les quiere. Para otros el proceso es más lento. Los golpes de la vida han sembrado en ellos semillas de desconfianza y resentimiento. Por eso no es extraño para nosotros esperar días y noches difíciles en los que la paciencia, el amor y la comprensión van siempre en una dirección.

Sin embargo, hace poco sucedió algo inesperado. Una persona acababa de ingresar ese día. Al retirar la bandeja de la cena de la puerta de su habitación, dado que se encuentra en confinamiento por el protocolo COVID, vimos que había dejado una servilleta sin usar en la que había escrito «Gracias».

Este hecho nos hizo reflexionar.

En algunas ocasiones pensamos que sólo damos nosotros, porque el otro, el que llega, no está en condiciones de hacerlo, es pobre de todo. Sin embargo, no es así. Olvidamos que todo ser humano tiene algo que ofrecer, algo que aportar a los demás. Y todos tenemos algo que recibir. A veces, una sola palabra basta.

A nosotros se nos llenó el corazón con este gesto de gratitud que nos reconocía y reconocía nuestro trabajo y nuestra intención de acogida. Las palabras del evangelio «dad y se os dará» tomaron forma en esa sencilla y gran palabra. En esta ocasión fuimos nosotros los acogidos, los reconocidos, los que nos sentimos queridos, los que recibimos una medida rebosante.

Quizás, también a nosotros se nos olvida en ocasiones agradecer todo lo que hemos recibido y lo damos por sentado: nuestra casa, nuestra familia, nuestro trabajo, los amigos, un país en paz, la comida diaria.., que tenemos de forma gratuita. Todas esas cosas que nos brindan la posibilidad de dar, de acoger y de amar. Y también de sentirnos queridos. Como hizo este recién llegado, que, con una sola palabra, nos ha hecho recordar que la única diferencia entre nosotros radica en la medida con la que amamos.

Con motivo de la campaña «Nadie Sin Hogar», durante esta semana pretendemos poner de manifiesto las diferentes situaciones en que se ve vulnerado el derecho humano a la vivienda. Para ello, hemos pedido a varias personas que nos cuenten su experiencia. En esta entrada, una persona residente en el Centro Amigo reflexiona acerca de las consecuencias emocionales de vivir con la inseguridad y la duda de poder mantener una vivienda:

«Con la situación que estamos viviendo en estos tiempos es muy complicado para muchas personas tener un techo donde protegerse, cosa que les produce mucho miedo, angustia, desesperación.., pues se ven desprotegidas totalmente, sin saber lo que va a pasar con su salud, ya que la mayoría tiene muchas enfermedades. Pero, además, es cierto que hay personas que, aun teniendo un hogar, se sienten también con mucho miedo por lo que les pueda pasar con su vivienda, ya que, por causas mayores, no pueden hacer frente a una hipoteca o a un alquiler, y se preguntan hasta cuándo podrán mantener su casa.

La incertidumbre y la inseguridad de cómo se resolverán todos sus problemas de vivienda les lleva a sentir una gran ansiedad, por lo que no ven la salida y se hunden. Algunas personas han perdido hasta la vida y no es justo. El miedo de que se produzca un desahucio y tengan que abandonar su hogar, que han ido construyendo poco a poco con su esfuerzo y trabajo... Por causa de esta pandemia todo es más complicado y pueden verse totalmente desnudas en la calle, y muchos con sus hijos, que, aunque ellos no lo entiendan con claridad, lo sufren también.

Los seres humanos tenemos derecho a ser escuchados y a tener un lugar seguro donde vivir. Es un derecho de nuestra Constitución, así que los fuertes no miréis para otro lado, porque es hora de dar soluciones. ¡No nos arrebatéis nuestro hogar! ¡Proporcionen uno al que no lo tenga!. Tengan más comprensión, que todos nos podemos ver algún día en esa situación y nadie está libre de que le pueda pasar. Los seres humanos tenemos derecho a una vivienda digna y segura». 

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