Miércoles, 07 Octubre 2020 09:30

Escuchar para reconciliarse

29 de mayo de 1985. Estadio Heysel, Bruselas. Todo preparado para disputar la final de la Copa de Europa entre los ingleses del Liverpool y los italianos de la Juventus de Turín, equipo conocido por sus aficionados con el evocador nombre de la Vecchia Signora. Detrás de una de las porterías se sitúan grupos de aficionados de ambos equipos, quizás demasiado cerca uno de otro. La expectación previa al partido queda en un segundo plano cuando un grupo de ultras ingleses irrumpe en las gradas en las que se sitúan los italianos. Avalancha, huida, pánico, estampida para encontrar la salida y, finalmente, la tragedia. La «tragedia de Heysel», como se llamó, se tradujo en cerca de cuarenta muertos y varios centenares de heridos. Las imágenes de los aficionados aplastados unos contra otros antes de morir, o amortajados con la bandera de su equipo, horrorizaron a medio mundo. Por aquel entonces no había tantas cadenas de televisión como ahora, ni informativos que compitieran diariamente por ofrecer las imágenes más salvajes y cruentas de cualquier parte del mundo; tampoco disponíamos de teléfonos móviles en los que conviviéramos con esa violencia. Quizás por esa falta de costumbre, esas imágenes nos sobrecogieron más de lo que lo harían hoy.

Pero eso no fue todo. Aún recuerdo algo impactante. En medio de toda esa tragedia retransmitida en directo, no todo el mundo estaba horrorizado. Días más tarde, un periodista se hizo eco de otra noticia. Tras la noche de conmoción por lo ocurrido, cuando aún los cuerpos de los fallecidos no se habían enfriado del todo, a más de mil kilómetros de Bruselas, en Turín, alguien dejaba escrito en las paredes del estadio de La Vecchia Signora «38 son pocos si son de la Juve». Probablemente, esa pintada fue realizada por algún hincha del Torino, equipo rival de la ciudad de Turín, y escrita en la piel del equipo contrario con la punta de un iceberg de odio construido poco a poco, durante muchos años.

Recordaba esta triste historia hace unos días cuando, una vez más, todos los informativos nos obsequiaron con una escena en la que unas chicas adolescentes aprovechaban el trayecto de su viaje en metro para agredir verbal y físicamente a unas personas cuyo único pecado era haber nacido lejos, es decir, ser inmigrantes. En un principio pensé que, aparte del evidente sustrato de odio, el exceso de alcohol y el anonimato de grupo les pudo servir de canal para actuar de esa manera, como pudo ocurrir en el estadio de Bruselas.

Días después, nos ofrecieron la segunda entrega. Una de esas chicas, sin que lo motivara el alcohol y sin la compañía de nadie que pudiera ampararle o animarle, grababa un video declarando abiertamente, con la misma frialdad del hincha del Torino, su condición de luchadora por los de aquí, por ser este su país, y porque se consideraba racista sin más complejos y con total convencimiento. No sólo no se arrepentía de lo que hizo en el metro, sino que, si pudiera, lo repetiría.

Varias preguntas: ¿De dónde parte tanto odio? ¿Por qué alguien puede sentirse amenazado por personas tan inofensivas? ¿En qué momento alguien le hizo ver que no hay trabajo por culpa de los inmigrantes, o que el alquiler de una casa donde vivir se ha encarecido gracias a ellos, o que le han denegado la ayuda porque se la han concedido a un extranjero..? ¿Por qué es tan fácil culpar al débil cuando nos sentimos amenazados?

Igual esa es la clave: cuando nos sentimos amenazados por la situación, necesitamos ayuda, pero no sólo para superarla, sino para comprender la causa de esa amenaza, detectar cuál es el origen de nuestro miedo, o, de lo contrario, siempre culparemos al más débil. Quizás por ello, en ocasiones, donde más odio exista pueda ser precisamente entre quienes tienen menos oportunidades, y entre quienes conviven o son partícipes directos de las mismas carencias materiales de las personas migrantes, porque alguien intencionadamente se ha encargado de señalarles al culpable de esa escasez de salidas.

Y así, durante mucho tiempo, tanto como para ir construyendo día a día ese iceberg de rabia y odio que sólo sirve para escribir en la pared de un estadio o escupir insultos en el metro. Por ello es muy necesario ver dónde nace ese hielo para ayudar a derretirlo con el calor de la escucha. Escuchar al otro como primer paso para reconciliarse.

Jueves, 24 Septiembre 2020 08:37

Parafraseando el Evangelio del Domingo

Una mañana Dios se asomó a mirar cómo estaba la situación de todos sus hijos e hijas. Por desgracia, el número de personas en situación de grave necesidad -por diferentes motivos- era cada vez mayor, aunque esto no era nuevo para Él.

Entonces, encargó a algunos de los hijos que estaban en mejores condiciones que se responsabilizaran del resto de sus hermanos y hermanas, que les ofrecieran trabajo o, al menos, ayuda para sobrevivir.

Así lo hicieron algunos, que encontraron a personas que llevaban desempleadas mucho tiempo y les ofrecieron trabajo para que pudieran hacer frente a sus necesidades de alimentación, alquileres, gastos de luz y agua...

También encontraron a otros que habían tenido que cerrar sus pequeños negocios a causa de una grave epidemia que impedía a la gente comprar, consumir, gastar, que es lo que los sostenía. Personas de bares, tiendas, mercadillos...

Más tarde, observaron a otros que se dedicaban a sobrevivir con lo más pequeño: recogida de chatarra, venta en los semáforos, comercio en una manta donde vendían lo que podían sin sitio fijo... Para estos, la situación era ya dura antes de la epidemia, pero ahora se les hacía claramente imposible.

Finalmente, al caer el día, vieron a otros hermanos y hermanas que llegaban sin nada, de lugares lejanos, huyendo de realidades a veces monstruosas: de la guerra, de la persecución por sus estilos de vida, de conflictos raciales y religiosos, del hambre o de situaciones económicas calamitosas. Siguiendo lo que Dios había pedido, los atendieron también.

Sin embargo, muchos -a veces los que más tenían, pero también otros que, guiados por estos últimos, pensaban que no era justo atender a toda esta gente- decían: «¿Cómo es posible que se ayude igual a gente honrada y trabajadora que a estos otros que acababan de llegar?». Y se justificaban diciendo que estos últimos llegaban buscando la ayuda que se les daba a los primeros, y eso no era justo.

Cuando Dios se acercó a preguntar a los que se ofrecieron a ayudar cómo llevaban el trabajo, se indignó. ¿Cómo? ¿No se estaba ayudando a todos lo que necesitaban? ¿No había dicho siempre que todo en la tierra es para la familia de Dios al completo y no para unos pocos? ¿Es que alguien iba a ser capaz de cuestionar que Él fuera bueno? ¿Acaso no es eso lo que nos ofrecía a todos: un espacio en el que todos, sin excepción, pudiéramos vivir con dignidad? Y lloró amargamente al ver cómo algunos, incluso, daban razones divinas para justificarse.

Es entonces cuando mandó a alguna gente a recordar que no hay razón alguna para el sufrimiento inútil de hermanos y hermanas de cualquier parte del mundo, estén donde estén. Él no puso nombre a países, ni marcó fronteras. Creó la Tierra y sus bienes para todos, y nos hizo responsables de que esto se mantuviera para siempre. También nos dijo que, cuando un día todo terminara, nos preguntaría, nada más y nada menos: «¿Amaste? ¿A todos? ¿Sin excepción? Pasa ... y disfruta conmigo. Y que recordáramos que los más débiles, los sencillos y los últimos son sus preferidos, antes, incluso, de los que se piensan «primeros» porque estaban de antes y son «de aquí».

O algo parecido entiendo del Evangelio del Domingo... 

Jueves, 09 Julio 2020 08:33

Naby y la irregularidad sobrevenida

Naby ha vivido durante estos años en un tablero, a modo de un juego de la Oca en el que, si trabajas, avanzas hacia la casilla de la documentación o, si te quedas en paro o resuelven que no eres digno de ser protección internacional, te mandan a la casilla de salida otra vez. Él, igual que muchos, sabe lo que es vivir con la tranquilidad de llevar un permiso de residencia en la cartera, pero también lo fácil que resulta perderlo, como le acaba de ocurrir.
 
Naby es de Guinea Conakry, no tiene todavía 30 años y llegó en patera a las costas españolas huyendo de su país. Nada fue fácil. Pidió asilo y en la fase 1 lo trasladaron a Sevilla, a la casa Nazaret de Cáritas. Poco después comenzó a vivir en una de las comunidades que los Misioneros Claretianos tenemos en Heliópolis. Lleva unos cuantos años en España, los últimos trabajando, gracias a un curso de un año que hizo en Cáritas sobre mantenimiento de edificios. Hace unos meses resolvieron en su contra como demandante de protección internacional. 
 
La burocracia que rodea todo lo que tenga que ver con la documentación y la falta de información son una barrera que mantiene bloqueados a los inmigrantes. Ahora, Naby se encuentra de nuevo en la casilla de salida, como si todo lo realizado sirviera de nada. Y lo peor es que la situación de irregularidad sobrevenida, como se conoce en términos administrativos, con las correspondientes consecuencias añadidas, planea sobre mi amigo y mi hermano. Y hay que moverse rápido para que no se esfume de un plumazo todo su proyecto migratorio. 
 
En la actualidad, "los papeles" caducan y están sujetos a una renovación que, a su vez, depende de la permanencia en el empleo. Las renovaciones, por otro lado, requieren de un tiempo de espera que, si es mayor que lo deseable, hacen que la persona vuelva a encontrarse situada en el terreno de esa "irregularidad sobrevenida". Todo se traduce en una ecuación muy simple: si no hay trabajo, no hay papeles; y si no hay papeles, no hay trabajo. 
 
Obtener los papeles no implica el fin de la tortura. Se suma al estado de inquietud y angustia el trato deshumanizado que, en ocasiones, se recibe en el ámbito de la administración pública: dificultades para tramitar los documentos, el trato desganado y despectivo, las malas caras, la desidia de los servidores públicos. 
 
Por ello, Cáritas, junto con otras muchas organizaciones, ha revindicado que es necesario articular una solución legal a los problemas originados por la irregularidad sobrevenida, la que sitúa a Naby y a todas los migrantes que hasta ayer mismo tenían autorización de residencia en el lindero de la vulnerabilidad y de la exclusión. 
 
Urge reformar una norma que provoca que una persona hoy sea residente y vecino de nuestra ciudad, y mañana se convierta en una persona abocada a la irregularidad. Dado que la "irregularidad sobrevenida" tiene su origen, mayoritariamente, en la vinculación directa del permiso de residencia a la situación laboral del titular, creo que, en un contexto como el actual, la exigencia de esa vinculación supone romper un proceso de integración ya en marcha, arrojar a las personas a un proceso de exclusión y malgastar una inversión social que sería mucho más útil bien situada. 
 
Esta irregularidad sobrevenida conduce, además, a la pérdida de otros derechos sociales y económicos, como es la imposibilidad de recibir asistencia médica salvo en el caso de urgencia según la legislación actual. 
 
Es una larga hilera de casillas por sortear para personas como Naby, como para tantos y tantos que llegan a nuestra Europa de los derechos fundamentales buscando un sueño que es muy cuesta arriba y que podría ser mucho más fácil. Naby lo resume en una frase: "Aquí en España, el que no tiene papeles no existe". Y es verdad. Son demasiadas casillas las que en este tablero te devuelven al punto de salida. Son necesarias más casillas para seguir avanzando. 
Lunes, 29 Junio 2020 12:41

Vacaciones


"...Esas son mis vacaciones". Así finalizaba la redacción con la que Morgan Evans, un joven minero del norte de Gales, impresionó por su talento a Miss Moffat, la veterana profesora empeñada en que los niños y jóvenes de la cuenca minera aprendieran a leer y escribir correctamente, y no estuvieran condenados desde pequeños al trabajo en la mina.
 
En la película "El trigo está verde" Katharine Hepburn da vida a la vieja profesora Miss Moffat, quien, al final de su vida docente, llega a un pequeño pueblo minero en el que hace todo lo posible por sacar a los jóvenes del único y negro futuro que la mina les ofrece. Cuando, por la falta de resultados, está a punto de tirar la toalla, llega a sus manos la redacción de uno de sus alumnos, Morgan Evans. Para responder a la petición de la profesora de escribir algo sobre las vacaciones, el joven minero describe el significado de esta palabra mientras trabaja a muchos metros bajo el suelo, donde el aire es irrespirable y apenas se puede ver algo, pero que, incluso en esas duras condiciones es capaz de sentir su significado, puede ver los árboles, sentir la brisa del aire "...cuando camino en la oscuridad y puedo tocar con mis manos donde el trigo está verde".
 
Así describía Evans lo que para él eran sus vacaciones en la mina. Durante el tiempo que hemos permanecido en casa hemos deseado, más si cabe que años anteriores, hacer posible la realidad de disfrutar de este concepto, bien estando con amigos y familiares, compartiendo ratos de ocio y diversión, o simplemente no teniendo las obligaciones diarias del resto del año.
 
Alguien que se vio obligado a vivir largos períodos lejos de su familia por motivos laborales me contaba que lo más duro no era trabajar lejos de casa, sino los días en que precisamente se dedicaban al descanso. Esos días de fiesta, para alguien que no puede disfrutarlos por encontrarse lejos de los suyos, son los que hacen más palpable esta carencia. Quizás por eso, quiero pensar que para nuestros jóvenes del proyecto Nazaret, los días del confinamiento, aún basados en la prohibición de hacer muchas cosas, no han supuesto un endurecimiento especial en sus condiciones de vida. Al suponer una carencia generalizada para toda la población, se difumina esta necesidad con la que llevan años conviviendo, sin que una pandemia se la tenga que recordar, por lo que supongo que ha podido ser más llevadera que para el resto, pues ya antes del encierro les faltaba el cariño de los suyos y ya antes estaban condenados a no poder ver a familiares y amigos, igual que durante el confinamiento.
 
Pero lo que para unos ha significado la vuelta a la llamada "nueva normalidad", para ellos no ha sido más que volver a la "vieja anormalidad", esa en la que el concepto de vacaciones no tiene cabida, por el simple hecho de que este concepto de descanso en días de fiesta no existe cuando, sencillamente, no existen “días de fiesta”.
 
Tengo que reconocer que, de los chicos y chicas que comparten el viaje en el proyecto Nazaret, quienes más me impresionan son quienes dejaron a miles de kilómetros a sus hijos pequeños. Sólo imaginar las horas muertas de estos chicos pensando en quienes dejaron atrás estremece.
 
Si les pidiéramos una redacción igual que hizo Miss Moffat, podríamos encontrarnos con alguno que nos contara algo como ..."cuando en estas noches de verano el calor no me deja dormir, en la oscuridad de la habitación cojo en brazos al pequeño. Muy despacio y en voz baja le leo el cuento de siempre, el que más le gusta. Puedo sentir su respiración, tocar su frente para secar el sudor y observar cómo se va quedando dormido. Mientras, mi esposa termina de recoger la casa, apagamos la luz y nos vamos a dormir... Esas son mis vacaciones".
Lunes, 15 Junio 2020 11:02

Sentimientos encontrados

Sentimientos encontradosTodos y todas conocemos a uno. Chicos jóvenes -la mayoría- que siempre han estado ahí, en "su" semáforo, con su paquete de pañuelos en la mano, o diversificando el negocio con parasoles o paraguas, según las oportunidades que ofrece el tiempo.

Siempre están ahí, generalmente con una sonrisa, en parte como estrategia de negocio para conseguir el euro que necesitan, en parte por su forma de ser. Algunos se han convertido, como ocurre con el roce, en conocidos, incluso con cierto grado de amistad, con el respeto que merece la palabra. A través de su español trabado, hemos sabido de su nacionalidad, del tiempo que llevan aquí, de las dificultades que encuentran. Y, en esa relación, no pocas veces han surgido espacios de ayuda espontánea, no solo en forma económica, sino de asesoramiento. Son encuentros que duran menos que las citas médicas: el tiempo en que un semáforo pasa del rojo al verde. Apenas segundos, pero suficientes muchas veces para dejar semillas de reconocimiento a ambos lados de la conversación. Segundos para dejar la mente abierta a reflexiones sobre los problemas cotidianos, sobre nuestras posibilidades de ayuda, sobre la impotencia, la rabia. Segundos para plantearnos cuestionamientos sobre la globalización, sobre la injusticia, sobre la función de la migración, sobre las respuestas posibles, sobre los miedos a las avalanchas, sobre lo absurdo de los discursos del odio. Su sonrisa nos habla también de resiliencia, cuestiona nuestros enfados por nimiedades, confronta lo que nos preocupa con sus preocupaciones. Y nos deja pensando cuando ya metemos la primera marcha para salir, porque el semáforo ya cambió a verde y algún impaciente nos pita para que avancemos, a veces incluso manifestando su disconformidad con que, encima, pongamos buena cara y apoyemos a esta gente que... debería estar en su país.

Esta semana hemos vuelto a verte de nuevo en tu lugar, después de estos meses en que el coronavirus ha puesto el semáforo en rojo para todos y ha hecho desaparecer tu sonrisa, como la de tantos otros que viven, sobreviven, de lo cotidiano en el sentido más estricto. No sabemos si ahora sonreías, porque la mascarilla tapaba la mitad de tu cara, pero tus ojos sí brillaban, quizás por la esperanza que representan para ti la vuelta a tu único medio de vida y nuestro euro insignificante.

Tampoco sabemos si el COVID-19 estará siendo lección suficiente para hacernos revisar nuestras prioridades humanas, para empujarnos a actuar más allá del asistencialismo cotidiano, para hacernos entender que son muchos los que, de no hacer nada, seguirán siendo descartados y quedarán al margen de la necesaria reconstrucción. Pero nos alegramos de verte, hermano.  

Miércoles, 08 Abril 2020 18:42

El "dataismo" necesario

AsentamientoHoy aprendí una nueva palabra que me llamó la atención. Y no es una palabra de un comentarista televisivo creativo. Es ya la forma de pensar, la filosofía, que entiende el flujo de información como un valor supremo. Es casi una "religión" que no adora a los dioses: adora los datos.

Y es verdad que, y tristemente estos días es una realidad, todo lo que nos acontece lo medimos con números, estadísticas, comparaciones de cifras.., olvidando las historias que se esconden tras esas cifras, a veces tan dramáticas.

Y, entre esas cifras, me vienen a la mente algunas que también se ocultan y no se comparten estos días: las de las personas que siguen llegando a nuestras costas (en los últimos 6 días han llegado a las costas españolas 7 embarcaciones con 253 migrantes a bordo, muchos de ellos, niños); los 25.000 niños y niñas que siguen muriendo diariamente de hambre en el mundo; las 405.000 personas que murieron este año pasado por la malaria (víctimas de más de 228 millones de personas infectadas de paludismo); las 10.000 personas que siguen muriendo cada año por una enfermedad desconocida para muchos, como es el chagas; los 72 millones de desplazados en el mundo tanto fuera como dentro de sus países (especialmente los llamados desplazados internos a los que el Papa quiere prestar especialmente atención este año); las personas que siguen muriendo por el SIDA...

Muchas cifras, demasiadas, tantas que quisiera no verlas juntas porque duelen demasiado y la impotencia para hacerles frente me hace tomar la actitud de la almeja: cerrarme para no ver y olvidar.

Sin embargo, el COVID 19, además de la tragedia que está suponiendo y que va a suponer, nos pone por delante una oportunidad. Vivir algo que la gran mayoría no hemos vivido nunca, que nos despoja de todas las seguridades, comodidades, perspectivas. Todavía muy lejano, pero en cierta manera nos puede ayudar a pensar cómo será la vida de los que les toca y les va a tocar vivir esto en situaciones bastante peores que las nuestras: la gente que no tendrá agua, aunque les mandemos jabón para lavarse las manos; las familias que viven hacinadas en un pequeño cobertizo, a menos de un metro del siguiente en los grandes poblados de plástico de Huelva o Almería, igual que en los campos de refugiados; las grandes masas de población en nuestro país, pero sobre todo en países del sur que vivían con menos de 2 euros al día y que ahora se les pide que no salgan para elegir entre la salud publica o la supervivencia familiar.

Quizás esto puede hacer sentir en cierta manera que lo que para nosotros y nosotras es ahora una excepción pasajera, es la situación cotidiana que no nos ha movilizado hasta ahora ante el dolor de tanta gente. Y que no se ha interrumpido mientras arrecia la extensión de la pandemia, sino que se va a agravar. Nos puede hacer sentir que lo que era un absurdo, como el no contratar a personas extranjeras que viven ya aquí, sino recurrir a poblaciones desde sus países, es ahora una necesidad imperiosa, para salvar nuestra economía.

En plena Semana Santa, en la que las medidas de prevención nos obligarán a vivir la Muerte y Resurrección de Jesús en una soledad nunca vista hasta ahora, en la que se siente que los inmensos templos evidencian la vaciedad de nuestro corazón y nos obliga a ponernos frente a frente con Jesús y su mensaje, tenemos por delante una ocasión única: sentir que necesitamos escuchar estos datos dolorosos, para convertirlo en gritos de hermanos y hermanas que reclaman, más que nunca, una solidaridad que va más allá de ofrecer un donativo: que nos pide una empatía tal que transforme nuestros anteriores hábitos de vida, porque como dice uno de los memes que ha corrido estos días por las redes: "No podemos volver a la normalidad, porque la normalidad ha sido el problema".

 

Domingo, 19 Enero 2020 12:28

La Cruz de la vergüenza

LA CRUZ DE LA VERGUENZADespintada, con las huellas de muchos clavos, la Cruz de la vergüenza se encuentra entre nosotros.

A poco que te fijes, podrás ver en ella el rastro de tantos viajes y, probablemente, de más de una barca. Si te acercas, a unos metros empezarás a sentir el vaivén de las olas golpeando la madera astillada. Muchas manos agarradas al tablero sin dejar de mirar, a un horizonte si es de día y a la nada si es de noche. Si te acercas aún más, podrás sentir el miedo. El miedo de quien se arrepintió de subir pero ya era tarde. El miedo y la tristeza de quien lleva a su pequeño y no puede hacer nada para que deje de temblar. Podrás oír el llanto silencioso del que aún no ha nacido y viaja dentro de quien aún no sabe si será madre. Con ellos, el joven que a la mitad de su largo viaje decidió volver y no pudo. El del padre que iba abriendo camino sin saber si volvería a ver las caritas de sus pequeños. O el del niño que no sabía si conseguiría llegar a hombre...

En la estrechez de la barca otras muchas historias como estas completan el pasaje. Si te acercas hasta llegar junto a la cruz, comprenderás el final. Ninguno de ellos llegó. Ninguno volvió. Quedaron en la inmensidad azul de la nada... Y allí siguen, esperando que, al menos, sintamos vergüenza al contemplar los maderos que los transportaban.
 

 

 
Jueves, 21 Noviembre 2019 10:59

Derecho a la vida

FOTO DANIELATres kilos trescientos gramos. Muy rosadita, aunque con pequeñas manchas en la piel. Manos pequeñas, pero inquietas, como queriendo experimentar con el tacto tanta novedad por descubrir.

Su madre, rebosante de alegría, aunque con dificultad de expresarla por el cansancio de varias horas de parto en que su hija intentaba asomarse a este mundo y no se atrevía por no saber que habría fuera…

Así, como otros muchos partos, ha sido el nacimiento de la hija de una de las personas que está ahora acogida en el Proyecto Nazaret: único y al mismo tiempo ancestral. Y casi sin quererlo, todos y todas volcamos en ese momento cantidad de experiencias propias y ajenas, cargadas de alegrías, de cuidados, de recomendaciones… Porque la vida no debiera pararse en ese momento en nada más, ni en preguntar por orígenes, ni por la capacidad de demostrar si eres de aquí o de allá a través de unos papeles…

Sin embargo, pronto, muy pronto, sobre la pequeña habrá que tomar decisiones: elegir si quiere ser española porque ha nacido aquí o del lugar de origen de la madre. Y no es vana la decisión, si decide ser “extranjera”, por conservar sus raíces, puede verse obligada a renunciar a muchos de los derechos ciudadanos que cualquiera de los que hemos nacido aquí tenemos. Si decide ser española, tendría que esperar un año a serlo, y probablemente también, si no hay leyes que permitan la doble nacionalidad, también perdería la posibilidad de sentirse plenamente heredera de la cultura de sus padres. No es cuestión de organización administrativa: esa decisión la puede colocar en espacios muy diferentes de cara a tener más o menos derechos.

En muchos casos parecidos, nos podemos encontrar que esta decisión suponga que los hijos tengan más derechos que los padres, y que incluso, éstos puedan ser expulsados del país, y ellos no. No. No estoy hablando de Estados Unidos, sino de nuestro país y sus leyes. Leyes que para ciudadanos y ciudadanas de otros lugares les obligan, por decreto a la exclusión. Leyes que no buscan ofrecer espacios para la integración, salvo que se venga con dinero suficiente para comprar esa integración. Leyes que no contemplan las realidades humanas de personas que ya están aquí y viven con nosotros desde hace tiempo: aunque tengan posibilidades de tener un contrato de trabajo en mano, aunque lleves más de 10 años y aún no puedas votar como ciudadano, aunque vivas entre vecinos que puedan testificar tu residencia y no puedas optar al padrón por carecer de otros documentos… Frente a lo que se dice en los discursos, lo que prima no son los esfuerzos para crear espacios de encuentro, sino limitar los derechos de quien no nació aquí.

Efectivamente, el nacimiento de nuestra pequeña nos invita a valorar la vida en si y por si, tal cual, con toda su dignidad, esa dignidad que nadie nos la otorga, sino que nos viene dada, regalada, aunque luego tengamos que luchar toda una vida para que se nos reconozca.
 

Jueves, 03 Octubre 2019 09:51

Compartiendo juntos el viaje

COMPARTIENDO EL VIAJE

Creo que la mayoría, cuando van pasando los años, vamos descubriendo que la vida es un camino del que tenemos claro el origen, pero el final, la meta, la vamos construyendo una y otra vez en función de nuestras experiencias personales, nuestros encuentros, los éxitos, los fracasos... Pero, sobre todo, los compañeros y compañeras en este viaje son los que nos van marcando, le van dando sentido, lo redirigen hacia diversas posibilidades.

El pasado día 19 de septiembre, con motivo de la continuidad de la campaña de Caritas Internacional "COMPARTIENDO EL VIAJE", tuvimos un encuentro con personas inmigrantes que han pasado por el Proyecto Nazaret y andan ahora en diversos espacios construyendo sus proyectos vitales. Nos pareció que era importante sentarnos con aquellos con quienes hemos tenido la inmensa suerte de compartir la vida en momentos clave: su llegada a un mundo nuevo como es España, con otra lengua, otras costumbres, en una "soledad compartida", ausentes de familia, con toda una mochila de experiencias muchas veces negativas del trayecto que los trajo hasta aquí...

Poder mirar atrás y adelante para entender dónde estamos hoy -después de tres años, en algunos casos- nos ayudó a disfrutar de algo que Jesús nos enseñó con claridad: que la familia es mucho más que la sangre, y que se amplía y fortalece cuando, mutuamente, construimos relaciones que permanecen en el tiempo, con sueños comunes. Mucho más que una relación de ayuda, un apoyo social, hemos descubierto que el paso por el proyecto nos enseña a todos y todas que, cuando se ofrecen oportunidades, pueden crecer proyectos vitales renovados. Es un mutuo enriquecimiento: aprender a ver la vida desde diferentes ópticas culturales nos ayuda a relativizar nuestros pensamientos absolutos; querer acompañar a quien ha dejado e incluso perdido todo por la posibilidad de algo nuevo finalmente te enseña a ti que tienes que dejar tus seguridades y tu zona de confort y arriesgar; que lo que encuentras no es siempre lo que buscas, pero que, si lo sabes disfrutar, te ayuda a crecer.

Fueron dos horas de escucha para saber cómo, más allá de las oportunidades que ofrece el Proyecto Nazaret, existe un camino profundo de relaciones que nos ayuda a seguir sintiendo que compartimos un viaje, el mismo viaje de la Vida en el que todos nos encontramos, y cómo, juntos y juntas, podemos hacer para construir una nueva cultura de encuentro y no de descarte.

 

Viernes, 13 Septiembre 2019 13:54

¿Más muros o más oportunidades?

MamadouNo ha habido antecedentes, no han existido síntomas previos. De la noche al día, Mamadou pasa de ser un joven trabajador, con un salario digno, con una vida resuelta, a ser una persona dependiente, obligado a gastar todos sus ahorros en un tratamiento que en Guinea depende literalmente de los propios bolsillos de Mamadou, que ve como todo se escurre como la arena entre las manos en las pocas sesiones que puede pagarse.

Su padre, para poder ayudarle, decide buscar la manera de vender unas tierras para con ese dinero poder seguir pagando algunas sesiones más de diálisis o ver posibilidades de tratamiento en el extranjero. A la vuelta de un viaje en coche, mientras realiza estos trámites, en un accidente fortuito, pierde la vida.
El médico que trata a Mamadou le indica que en Guinea no podrá seguir ese tratamiento, y Mamadou decide gastar su dinero para irse a Marruecos. Alli gasta sus últimos ahorros en 2 sesiones de diálisis, y se ve obligado a ir a vivir “al bosque”, esperando una oportunidad que le permita seguir viviendo. Allí las personas de la Delegación Diocesana de Migraciones lo encuentran en pésimas condiciones, por lo que consiguen que pueda recibir algunas sesiones más de diálisis, pero el coste es muy alto, por lo que la única posibilidad de poder establecer algo con garantías es buscar la manera de pasar a la península y poder iniciar un tratamiento estable.

En agosto de 2017, Mamadou es acogido en Proyecto Nazaret, y después de las pruebas necesarias, pueden empezar un acompañamiento médico estable, realizando tres sesiones de diálisis a la semana que además le permiten realizar el resto de actividades como cualquier joven: estudiar para aprender español, hacer deporte, salir... .Actualmente, después de aprobar la secundaria, va a iniciar una formación profesional y está a la espera de un trasplante de riñón que le permita normalizar su vida y no hacerla dependiente de una máquina de la que ya se ha hecho amigo.

El camino no ha sido fácil. Las decisiones personales y familiares han sido literalmente traumáticas. Desde su llegada al proyecto, el trabajo de integración, gracias a los grandes esfuerzos de Mamadou de adaptar su vida a los nuevos hábitos de alimentación, estudios, etc, ha ido dando sus frutos: hoy Mamadou tiene un documento de residencia legal en España, unos estudios aprobados, un entorno que se ha convertido en su nueva familia...

La diferencia entre haber dejado su vida en una cama en Conacri y abrir un futuro de esperanza ha sido el haber ofrecido una mano, haber soñado con una oportunidad y haberla aprovechado. No creo que el sistema sanitario español se haya visto socavado por haber ofrecido una nueva vida a Mamadou. Como él, muchos chicos extranjeros, jóvenes, solo necesitan una mano que, abierta, les permita pasar, de una sociedad de descartados por el olvido, a ser personas con capacidad de aportar vitalidad y energía a nuestra sociedad. ¿Más muros o más manos?

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