Miércoles, 07 Octubre 2020 09:30

Escuchar para reconciliarse

Escrito por Antonio
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29 de mayo de 1985. Estadio Heysel, Bruselas. Todo preparado para disputar la final de la Copa de Europa entre los ingleses del Liverpool y los italianos de la Juventus de Turín, equipo conocido por sus aficionados con el evocador nombre de la Vecchia Signora. Detrás de una de las porterías se sitúan grupos de aficionados de ambos equipos, quizás demasiado cerca uno de otro. La expectación previa al partido queda en un segundo plano cuando un grupo de ultras ingleses irrumpe en las gradas en las que se sitúan los italianos. Avalancha, huida, pánico, estampida para encontrar la salida y, finalmente, la tragedia. La «tragedia de Heysel», como se llamó, se tradujo en cerca de cuarenta muertos y varios centenares de heridos. Las imágenes de los aficionados aplastados unos contra otros antes de morir, o amortajados con la bandera de su equipo, horrorizaron a medio mundo. Por aquel entonces no había tantas cadenas de televisión como ahora, ni informativos que compitieran diariamente por ofrecer las imágenes más salvajes y cruentas de cualquier parte del mundo; tampoco disponíamos de teléfonos móviles en los que conviviéramos con esa violencia. Quizás por esa falta de costumbre, esas imágenes nos sobrecogieron más de lo que lo harían hoy.

Pero eso no fue todo. Aún recuerdo algo impactante. En medio de toda esa tragedia retransmitida en directo, no todo el mundo estaba horrorizado. Días más tarde, un periodista se hizo eco de otra noticia. Tras la noche de conmoción por lo ocurrido, cuando aún los cuerpos de los fallecidos no se habían enfriado del todo, a más de mil kilómetros de Bruselas, en Turín, alguien dejaba escrito en las paredes del estadio de La Vecchia Signora «38 son pocos si son de la Juve». Probablemente, esa pintada fue realizada por algún hincha del Torino, equipo rival de la ciudad de Turín, y escrita en la piel del equipo contrario con la punta de un iceberg de odio construido poco a poco, durante muchos años.

Recordaba esta triste historia hace unos días cuando, una vez más, todos los informativos nos obsequiaron con una escena en la que unas chicas adolescentes aprovechaban el trayecto de su viaje en metro para agredir verbal y físicamente a unas personas cuyo único pecado era haber nacido lejos, es decir, ser inmigrantes. En un principio pensé que, aparte del evidente sustrato de odio, el exceso de alcohol y el anonimato de grupo les pudo servir de canal para actuar de esa manera, como pudo ocurrir en el estadio de Bruselas.

Días después, nos ofrecieron la segunda entrega. Una de esas chicas, sin que lo motivara el alcohol y sin la compañía de nadie que pudiera ampararle o animarle, grababa un video declarando abiertamente, con la misma frialdad del hincha del Torino, su condición de luchadora por los de aquí, por ser este su país, y porque se consideraba racista sin más complejos y con total convencimiento. No sólo no se arrepentía de lo que hizo en el metro, sino que, si pudiera, lo repetiría.

Varias preguntas: ¿De dónde parte tanto odio? ¿Por qué alguien puede sentirse amenazado por personas tan inofensivas? ¿En qué momento alguien le hizo ver que no hay trabajo por culpa de los inmigrantes, o que el alquiler de una casa donde vivir se ha encarecido gracias a ellos, o que le han denegado la ayuda porque se la han concedido a un extranjero..? ¿Por qué es tan fácil culpar al débil cuando nos sentimos amenazados?

Igual esa es la clave: cuando nos sentimos amenazados por la situación, necesitamos ayuda, pero no sólo para superarla, sino para comprender la causa de esa amenaza, detectar cuál es el origen de nuestro miedo, o, de lo contrario, siempre culparemos al más débil. Quizás por ello, en ocasiones, donde más odio exista pueda ser precisamente entre quienes tienen menos oportunidades, y entre quienes conviven o son partícipes directos de las mismas carencias materiales de las personas migrantes, porque alguien intencionadamente se ha encargado de señalarles al culpable de esa escasez de salidas.

Y así, durante mucho tiempo, tanto como para ir construyendo día a día ese iceberg de rabia y odio que sólo sirve para escribir en la pared de un estadio o escupir insultos en el metro. Por ello es muy necesario ver dónde nace ese hielo para ayudar a derretirlo con el calor de la escucha. Escuchar al otro como primer paso para reconciliarse.

 

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