Jueves, 24 Septiembre 2020 08:37

Parafraseando el Evangelio del Domingo

Escrito por Jose
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Una mañana Dios se asomó a mirar cómo estaba la situación de todos sus hijos e hijas. Por desgracia, el número de personas en situación de grave necesidad -por diferentes motivos- era cada vez mayor, aunque esto no era nuevo para Él.

Entonces, encargó a algunos de los hijos que estaban en mejores condiciones que se responsabilizaran del resto de sus hermanos y hermanas, que les ofrecieran trabajo o, al menos, ayuda para sobrevivir.

Así lo hicieron algunos, que encontraron a personas que llevaban desempleadas mucho tiempo y les ofrecieron trabajo para que pudieran hacer frente a sus necesidades de alimentación, alquileres, gastos de luz y agua...

También encontraron a otros que habían tenido que cerrar sus pequeños negocios a causa de una grave epidemia que impedía a la gente comprar, consumir, gastar, que es lo que los sostenía. Personas de bares, tiendas, mercadillos...

Más tarde, observaron a otros que se dedicaban a sobrevivir con lo más pequeño: recogida de chatarra, venta en los semáforos, comercio en una manta donde vendían lo que podían sin sitio fijo... Para estos, la situación era ya dura antes de la epidemia, pero ahora se les hacía claramente imposible.

Finalmente, al caer el día, vieron a otros hermanos y hermanas que llegaban sin nada, de lugares lejanos, huyendo de realidades a veces monstruosas: de la guerra, de la persecución por sus estilos de vida, de conflictos raciales y religiosos, del hambre o de situaciones económicas calamitosas. Siguiendo lo que Dios había pedido, los atendieron también.

Sin embargo, muchos -a veces los que más tenían, pero también otros que, guiados por estos últimos, pensaban que no era justo atender a toda esta gente- decían: «¿Cómo es posible que se ayude igual a gente honrada y trabajadora que a estos otros que acababan de llegar?». Y se justificaban diciendo que estos últimos llegaban buscando la ayuda que se les daba a los primeros, y eso no era justo.

Cuando Dios se acercó a preguntar a los que se ofrecieron a ayudar cómo llevaban el trabajo, se indignó. ¿Cómo? ¿No se estaba ayudando a todos lo que necesitaban? ¿No había dicho siempre que todo en la tierra es para la familia de Dios al completo y no para unos pocos? ¿Es que alguien iba a ser capaz de cuestionar que Él fuera bueno? ¿Acaso no es eso lo que nos ofrecía a todos: un espacio en el que todos, sin excepción, pudiéramos vivir con dignidad? Y lloró amargamente al ver cómo algunos, incluso, daban razones divinas para justificarse.

Es entonces cuando mandó a alguna gente a recordar que no hay razón alguna para el sufrimiento inútil de hermanos y hermanas de cualquier parte del mundo, estén donde estén. Él no puso nombre a países, ni marcó fronteras. Creó la Tierra y sus bienes para todos, y nos hizo responsables de que esto se mantuviera para siempre. También nos dijo que, cuando un día todo terminara, nos preguntaría, nada más y nada menos: «¿Amaste? ¿A todos? ¿Sin excepción? Pasa ... y disfruta conmigo. Y que recordáramos que los más débiles, los sencillos y los últimos son sus preferidos, antes, incluso, de los que se piensan «primeros» porque estaban de antes y son «de aquí».

O algo parecido entiendo del Evangelio del Domingo... 

 

 
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