Viernes, 15 Mayo 2020 13:57

De Mama África a persona mayor

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Nos conocemos desde hace unos 30 años. Anastasia llegó de su Guinea Ecuatorial natal a Sevilla siendo su hijo un crío de 2 años. Salió huyendo por una situación de violencia doméstica, como hoy sigue pasando con tantas personas que necesitan abandonar sus lugares de origen dejando atrás historia y familia.

Se fue asentando en Sevilla, intentando encontrar un hueco en nuestra ciudad, pasando por momentos muy difíciles tanto a nivel económico como familiar. Pero nunca olvidó algo fundamental: su fe y el compromiso que se deriva de ella, ligado a los más pobres. Y casi desde sus comienzos formó parte de la asociación Sevilla Acoge, donde trabajamos mucho apoyando a personas migrantes y sus familias que, desde entonces, han estado formando parte de la vida de nuestros barrios.

Y Anastasia encontró la oportunidad de volver a África para seguir trabajando, especialmente con las mujeres, en diferentes proyectos de promoción. Estuvo en Burkina Fasso, Senegal, Guinea Bissau, hasta que por fin la historia le permitió estar de nuevo en su país, aportando lo mejor de si, con el estilo que le caracteriza: un compromiso cercano con los más pobres, pero muy crítico con las estructuras que producen la pobreza, denunciando firmemente la corrupción y las trabas para poner en marcha iniciativas que los liberan.

Por todo este trabajo fue reconocida como Mama África, tanto por el pueblo sencillo como por el propio gobierno, que escucha atentamente sus aportes, demandas y denuncias, pese a los enormes obstáculos de una sociedad aún muy machista y conservadora.

El paso de los años y la enfermedad nos devuelven ahora a Anastasia a Sevilla, a donde regresa con sus hijos, sevillanos de piel oscura y acento andaluz. Aquí, sin embargo, no solo sigue siendo tratada como extranjera sino, ahora, también, con las connotaciones que implica en nuestra sociedad ser una persona mayor, haciendo que ya casi nadie reconozca el valor de su trayectoria.

En muchos países africanos, los años vividos son comprendidos como fuente de historia, de experiencia y de sabiduría. Aquí, ante el asombro de muchos de nuestros hermanos migrantes, las personas mayores van quedado en el olvido, como objetos de museo a los que nos toca cuidar, pero a los que hemos dejado de escuchar hace mucho tiempo. Como a Anastasia, la crisis sanitaria actual nos está devolviendo la realidad de la vulnerabilidad de las personas mayores, sobre dramáticas disyuntivas edadistas que naturalizan su irrelevancia social. Ojalá podamos aprender de ellos nuevas formas de querer, de proteger y de reconocer la vida de nuestras personas mayores.

 

 
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