Miércoles, 08 Abril 2020 18:42

El "dataismo" necesario

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AsentamientoHoy aprendí una nueva palabra que me llamó la atención. Y no es una palabra de un comentarista televisivo creativo. Es ya la forma de pensar, la filosofía, que entiende el flujo de información como un valor supremo. Es casi una "religión" que no adora a los dioses: adora los datos.

Y es verdad que, y tristemente estos días es una realidad, todo lo que nos acontece lo medimos con números, estadísticas, comparaciones de cifras.., olvidando las historias que se esconden tras esas cifras, a veces tan dramáticas.

Y, entre esas cifras, me vienen a la mente algunas que también se ocultan y no se comparten estos días: las de las personas que siguen llegando a nuestras costas (en los últimos 6 días han llegado a las costas españolas 7 embarcaciones con 253 migrantes a bordo, muchos de ellos, niños); los 25.000 niños y niñas que siguen muriendo diariamente de hambre en el mundo; las 405.000 personas que murieron este año pasado por la malaria (víctimas de más de 228 millones de personas infectadas de paludismo); las 10.000 personas que siguen muriendo cada año por una enfermedad desconocida para muchos, como es el chagas; los 72 millones de desplazados en el mundo tanto fuera como dentro de sus países (especialmente los llamados desplazados internos a los que el Papa quiere prestar especialmente atención este año); las personas que siguen muriendo por el SIDA...

Muchas cifras, demasiadas, tantas que quisiera no verlas juntas porque duelen demasiado y la impotencia para hacerles frente me hace tomar la actitud de la almeja: cerrarme para no ver y olvidar.

Sin embargo, el COVID 19, además de la tragedia que está suponiendo y que va a suponer, nos pone por delante una oportunidad. Vivir algo que la gran mayoría no hemos vivido nunca, que nos despoja de todas las seguridades, comodidades, perspectivas. Todavía muy lejano, pero en cierta manera nos puede ayudar a pensar cómo será la vida de los que les toca y les va a tocar vivir esto en situaciones bastante peores que las nuestras: la gente que no tendrá agua, aunque les mandemos jabón para lavarse las manos; las familias que viven hacinadas en un pequeño cobertizo, a menos de un metro del siguiente en los grandes poblados de plástico de Huelva o Almería, igual que en los campos de refugiados; las grandes masas de población en nuestro país, pero sobre todo en países del sur que vivían con menos de 2 euros al día y que ahora se les pide que no salgan para elegir entre la salud publica o la supervivencia familiar.

Quizás esto puede hacer sentir en cierta manera que lo que para nosotros y nosotras es ahora una excepción pasajera, es la situación cotidiana que no nos ha movilizado hasta ahora ante el dolor de tanta gente. Y que no se ha interrumpido mientras arrecia la extensión de la pandemia, sino que se va a agravar. Nos puede hacer sentir que lo que era un absurdo, como el no contratar a personas extranjeras que viven ya aquí, sino recurrir a poblaciones desde sus países, es ahora una necesidad imperiosa, para salvar nuestra economía.

En plena Semana Santa, en la que las medidas de prevención nos obligarán a vivir la Muerte y Resurrección de Jesús en una soledad nunca vista hasta ahora, en la que se siente que los inmensos templos evidencian la vaciedad de nuestro corazón y nos obliga a ponernos frente a frente con Jesús y su mensaje, tenemos por delante una ocasión única: sentir que necesitamos escuchar estos datos dolorosos, para convertirlo en gritos de hermanos y hermanas que reclaman, más que nunca, una solidaridad que va más allá de ofrecer un donativo: que nos pide una empatía tal que transforme nuestros anteriores hábitos de vida, porque como dice uno de los memes que ha corrido estos días por las redes: "No podemos volver a la normalidad, porque la normalidad ha sido el problema".

 

 

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