Lunes, 23 Marzo 2020 17:44

El espejismo de la equidad

Escrito por Nazaret
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Karim el dia contra el Racismo junto a otros compañerosEstaba entrando en el piso que llamamos "de autonomía” del Proyecto Nazaret, llevando lejía y otras cosas que habitualmente hay en todos lados, pero que estos días escasean y hay que rebuscar en diferentes supermercados. Al abrirme Yacouba la puerta, me enseña la videollamada que estaba haciendo. Era Karim, un chico de Costa de Marfil, que después de estar intentando posibilidades en España, decidió dejar el proyecto y probar suerte en París, donde consigue trabajar como mecánico, aunque sin contrato.

Ahí estaba, como siempre, con una sonrisa increíble, profunda, serena, pero que contagia a todo el que se aproxima. Después de saludarnos y ver cómo estábamos, me di cuenta de que el tema de conversación sobre la situación de aislamiento y todo lo relacionado con la pandemia nos unía a todos y a todas en cualquier rincón del mundo. Mismas preocupaciones, mismas posturas, sensación al mismo tiempo de temor y de coraje, de impotencia y creatividad, de responsabilidad personal y colectiva... La palabra TODOS, por primera vez, me estaba pareciendo universal. Nos despedimos y nos emplazamos a vernos gracias a estas oportunidades que ahora valoramos más que nunca, como son internet y las miles de aplicaciones que nos permiten el encuentro.

Pero mientras me quitaba mascarillas, guantes y me enjuagaba con el antiséptico en el coche, de vuelta a casa, la idea de que algo nos unía a todos se iba enturbiando. Porque habrá muchos y muchas a quienes el #quédateencasa les quitará lo único que tienen para la subsistencia diaria: el chico que siempre está en el semáforo, mañana y tarde; la madre de familia que vende habitualmente con su manta en la calle porque no encuentra nada más para sacar el dinero que envía a sus tres hijas a Senegal; los montones de personas que siguen en los asentamientos de los poblados de Huelva, sin agua, sin medios para hacer lo más básico: lavarse las manos cada vez que tocan algo ( y ahora lloviendo a mares); la señora que se dedica al servicio doméstico y al cuidado de mayores y que, al no tener contrato, se quedará sin nada para hacer frente a los gastos cotidianos ni para enviar a su familia a Bolivia, que también debe empezar el confinamiento dejando lo que tenía para vivir, que es lo que la obligó a venir a España; una lista interminable de caras conocidas que desdibujaban la primera impresión de la equidad universal.

Es verdad que esta realidad está azotando ( y lo seguirá haciendo cuando termine) a toda la población. El virus no pide pasaporte ni permisos de residencia. Salta nuestras vallas y defensas, cruza sin problemas las fronteras de nuestra inmunidad, y afectará a muchísima gente. Y creo que ahí sí esta nuestra oportunidad: en descubrir que lo que sí nos une es la fragilidad, la indefensión ante algo que no sabemos controlar y que debemos confiar en otros para saber cómo evitar que siga haciendo daño. Nuestra fragilidad compartida será lo que sï nos pueda unir.

Estar atento al vecino o la vecina que quizás no se atreva ni a pedir ayuda será lo que de verdad reconstruya nuestra rota humanidad. La creatividad será la que guíe la manera de hacer la solidaridad más cotidiana. Es fundamental que los aprendizajes que esta situación nos está obligando a realizar no se nos olviden. La denuncia de la forma en que se han hecho o se han dado las respuestas públicas habrá que hacerlas. Sin falta y con voz alta. Pero la responsabilidad personal y colectiva sobre los que nos rodean, más que nunca, debe ser el centro de nuestro quehacer cotidiano.
 

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