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Con motivo de la campaña «Nadie Sin Hogar», durante esta semana pretendemos poner de manifiesto las diferentes situaciones en que se ve vulnerado el derecho humano a la vivienda. Para ello, hemos pedido a varias personas que nos cuenten su experiencia. En esta entrada, una persona residente en el Centro Amigo reflexiona acerca de las consecuencias emocionales de vivir con la inseguridad y la duda de poder mantener una vivienda:

«Con la situación que estamos viviendo en estos tiempos es muy complicado para muchas personas tener un techo donde protegerse, cosa que les produce mucho miedo, angustia, desesperación.., pues se ven desprotegidas totalmente, sin saber lo que va a pasar con su salud, ya que la mayoría tiene muchas enfermedades. Pero, además, es cierto que hay personas que, aun teniendo un hogar, se sienten también con mucho miedo por lo que les pueda pasar con su vivienda, ya que, por causas mayores, no pueden hacer frente a una hipoteca o a un alquiler, y se preguntan hasta cuándo podrán mantener su casa.

La incertidumbre y la inseguridad de cómo se resolverán todos sus problemas de vivienda les lleva a sentir una gran ansiedad, por lo que no ven la salida y se hunden. Algunas personas han perdido hasta la vida y no es justo. El miedo de que se produzca un desahucio y tengan que abandonar su hogar, que han ido construyendo poco a poco con su esfuerzo y trabajo... Por causa de esta pandemia todo es más complicado y pueden verse totalmente desnudas en la calle, y muchos con sus hijos, que, aunque ellos no lo entiendan con claridad, lo sufren también.

Los seres humanos tenemos derecho a ser escuchados y a tener un lugar seguro donde vivir. Es un derecho de nuestra Constitución, así que los fuertes no miréis para otro lado, porque es hora de dar soluciones. ¡No nos arrebatéis nuestro hogar! ¡Proporcionen uno al que no lo tenga!. Tengan más comprensión, que todos nos podemos ver algún día en esa situación y nadie está libre de que le pueda pasar. Los seres humanos tenemos derecho a una vivienda digna y segura». 

Miércoles, 07 Octubre 2020 09:30

Escuchar para reconciliarse

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29 de mayo de 1985. Estadio Heysel, Bruselas. Todo preparado para disputar la final de la Copa de Europa entre los ingleses del Liverpool y los italianos de la Juventus de Turín, equipo conocido por sus aficionados con el evocador nombre de la Vecchia Signora. Detrás de una de las porterías se sitúan grupos de aficionados de ambos equipos, quizás demasiado cerca uno de otro. La expectación previa al partido queda en un segundo plano cuando un grupo de ultras ingleses irrumpe en las gradas en las que se sitúan los italianos. Avalancha, huida, pánico, estampida para encontrar la salida y, finalmente, la tragedia. La «tragedia de Heysel», como se llamó, se tradujo en cerca de cuarenta muertos y varios centenares de heridos. Las imágenes de los aficionados aplastados unos contra otros antes de morir, o amortajados con la bandera de su equipo, horrorizaron a medio mundo. Por aquel entonces no había tantas cadenas de televisión como ahora, ni informativos que compitieran diariamente por ofrecer las imágenes más salvajes y cruentas de cualquier parte del mundo; tampoco disponíamos de teléfonos móviles en los que conviviéramos con esa violencia. Quizás por esa falta de costumbre, esas imágenes nos sobrecogieron más de lo que lo harían hoy.

Pero eso no fue todo. Aún recuerdo algo impactante. En medio de toda esa tragedia retransmitida en directo, no todo el mundo estaba horrorizado. Días más tarde, un periodista se hizo eco de otra noticia. Tras la noche de conmoción por lo ocurrido, cuando aún los cuerpos de los fallecidos no se habían enfriado del todo, a más de mil kilómetros de Bruselas, en Turín, alguien dejaba escrito en las paredes del estadio de La Vecchia Signora «38 son pocos si son de la Juve». Probablemente, esa pintada fue realizada por algún hincha del Torino, equipo rival de la ciudad de Turín, y escrita en la piel del equipo contrario con la punta de un iceberg de odio construido poco a poco, durante muchos años.

Recordaba esta triste historia hace unos días cuando, una vez más, todos los informativos nos obsequiaron con una escena en la que unas chicas adolescentes aprovechaban el trayecto de su viaje en metro para agredir verbal y físicamente a unas personas cuyo único pecado era haber nacido lejos, es decir, ser inmigrantes. En un principio pensé que, aparte del evidente sustrato de odio, el exceso de alcohol y el anonimato de grupo les pudo servir de canal para actuar de esa manera, como pudo ocurrir en el estadio de Bruselas.

Días después, nos ofrecieron la segunda entrega. Una de esas chicas, sin que lo motivara el alcohol y sin la compañía de nadie que pudiera ampararle o animarle, grababa un video declarando abiertamente, con la misma frialdad del hincha del Torino, su condición de luchadora por los de aquí, por ser este su país, y porque se consideraba racista sin más complejos y con total convencimiento. No sólo no se arrepentía de lo que hizo en el metro, sino que, si pudiera, lo repetiría.

Varias preguntas: ¿De dónde parte tanto odio? ¿Por qué alguien puede sentirse amenazado por personas tan inofensivas? ¿En qué momento alguien le hizo ver que no hay trabajo por culpa de los inmigrantes, o que el alquiler de una casa donde vivir se ha encarecido gracias a ellos, o que le han denegado la ayuda porque se la han concedido a un extranjero..? ¿Por qué es tan fácil culpar al débil cuando nos sentimos amenazados?

Igual esa es la clave: cuando nos sentimos amenazados por la situación, necesitamos ayuda, pero no sólo para superarla, sino para comprender la causa de esa amenaza, detectar cuál es el origen de nuestro miedo, o, de lo contrario, siempre culparemos al más débil. Quizás por ello, en ocasiones, donde más odio exista pueda ser precisamente entre quienes tienen menos oportunidades, y entre quienes conviven o son partícipes directos de las mismas carencias materiales de las personas migrantes, porque alguien intencionadamente se ha encargado de señalarles al culpable de esa escasez de salidas.

Y así, durante mucho tiempo, tanto como para ir construyendo día a día ese iceberg de rabia y odio que sólo sirve para escribir en la pared de un estadio o escupir insultos en el metro. Por ello es muy necesario ver dónde nace ese hielo para ayudar a derretirlo con el calor de la escucha. Escuchar al otro como primer paso para reconciliarse.

Jueves, 24 Septiembre 2020 08:37

Parafraseando el Evangelio del Domingo

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Una mañana Dios se asomó a mirar cómo estaba la situación de todos sus hijos e hijas. Por desgracia, el número de personas en situación de grave necesidad -por diferentes motivos- era cada vez mayor, aunque esto no era nuevo para Él.

Entonces, encargó a algunos de los hijos que estaban en mejores condiciones que se responsabilizaran del resto de sus hermanos y hermanas, que les ofrecieran trabajo o, al menos, ayuda para sobrevivir.

Así lo hicieron algunos, que encontraron a personas que llevaban desempleadas mucho tiempo y les ofrecieron trabajo para que pudieran hacer frente a sus necesidades de alimentación, alquileres, gastos de luz y agua...

También encontraron a otros que habían tenido que cerrar sus pequeños negocios a causa de una grave epidemia que impedía a la gente comprar, consumir, gastar, que es lo que los sostenía. Personas de bares, tiendas, mercadillos...

Más tarde, observaron a otros que se dedicaban a sobrevivir con lo más pequeño: recogida de chatarra, venta en los semáforos, comercio en una manta donde vendían lo que podían sin sitio fijo... Para estos, la situación era ya dura antes de la epidemia, pero ahora se les hacía claramente imposible.

Finalmente, al caer el día, vieron a otros hermanos y hermanas que llegaban sin nada, de lugares lejanos, huyendo de realidades a veces monstruosas: de la guerra, de la persecución por sus estilos de vida, de conflictos raciales y religiosos, del hambre o de situaciones económicas calamitosas. Siguiendo lo que Dios había pedido, los atendieron también.

Sin embargo, muchos -a veces los que más tenían, pero también otros que, guiados por estos últimos, pensaban que no era justo atender a toda esta gente- decían: «¿Cómo es posible que se ayude igual a gente honrada y trabajadora que a estos otros que acababan de llegar?». Y se justificaban diciendo que estos últimos llegaban buscando la ayuda que se les daba a los primeros, y eso no era justo.

Cuando Dios se acercó a preguntar a los que se ofrecieron a ayudar cómo llevaban el trabajo, se indignó. ¿Cómo? ¿No se estaba ayudando a todos lo que necesitaban? ¿No había dicho siempre que todo en la tierra es para la familia de Dios al completo y no para unos pocos? ¿Es que alguien iba a ser capaz de cuestionar que Él fuera bueno? ¿Acaso no es eso lo que nos ofrecía a todos: un espacio en el que todos, sin excepción, pudiéramos vivir con dignidad? Y lloró amargamente al ver cómo algunos, incluso, daban razones divinas para justificarse.

Es entonces cuando mandó a alguna gente a recordar que no hay razón alguna para el sufrimiento inútil de hermanos y hermanas de cualquier parte del mundo, estén donde estén. Él no puso nombre a países, ni marcó fronteras. Creó la Tierra y sus bienes para todos, y nos hizo responsables de que esto se mantuviera para siempre. También nos dijo que, cuando un día todo terminara, nos preguntaría, nada más y nada menos: «¿Amaste? ¿A todos? ¿Sin excepción? Pasa ... y disfruta conmigo. Y que recordáramos que los más débiles, los sencillos y los últimos son sus preferidos, antes, incluso, de los que se piensan «primeros» porque estaban de antes y son «de aquí».

O algo parecido entiendo del Evangelio del Domingo... 

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