Lunes, 29 Junio 2020 12:41

Vacaciones

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"... Esas son mis vacaciones". Así finalizaba la redacción con la que Morgan Evans, un joven minero del norte de Gales, impresionó por su talento con Miss Moffat, la veterana profesora empeñada en los niños y jóvenes de la cuenca minera aprendió a leer y escribir correctamente, y no estuvimos condenados desde pequeños al trabajo en la mina.

En la película "El trigo está verde", Katharine Hepburn da vida a la vieja profesora Miss Moffat, quien, al final de su vida docente, llega a un pequeño pueblo minero en el que hace todo lo posible por sacar a los jóvenes del único y negro futuro que la mina les ofrece. Cuando, por la falta de resultados, está a punto de tirar la toalla, llega a sus manos la redacción de uno de sus alumnos, Morgan Evans. Para responder a la petición de la profesora de escribir algo sobre las vacaciones, el joven minero describe el significado de esta palabra mientras trabaja en muchos metros bajo el suelo, donde el aire es irrespirable y apenas se puede ver algo, pero que, incluso en esas duras condiciones es capaz de sentir su significado, puede ver los árboles, sentir la brisa del aire “...

Así describió Evans lo que para él eran sus vacaciones en la mina. Durante el tiempo que hemos permanecido en casa hemos deseado, más si cabe que los años anteriores, hacer posible la realidad de disfrutar de este concepto, estar bien con amigos y familiares, compartiendo ratos de ocio y diversión, o simplemente no teniendo las obligaciones diarias del resto del año.

Alguien que se vio obligado a vivir largos cambios lejos de su familia por motivos laborales, me contaba lo más duro no era trabajar lejos de casa, sino los días en que específicos se dedican al descanso. Esos días de fiesta, para alguien que no puede disfrutarlos por encontrarse lejos de los suyos, son los que hacen más palpable esta carencia. Quizás por eso, quiero pensar que para nuestros jóvenes del proyecto Nazaret, los días del confinamiento, aún específicos en la prohibición de hacer muchas cosas, no han supuesto un endurecimiento especial en sus condiciones de vida.Al suponer una carencia generalizada para toda la población, se difumina esta necesidad con la que llevan años conviviendo, sin una pandemia se la tenga que recordar, por lo que supongo que tiene ser más llevadera que para el resto,

Pero lo que para unos ha significado la vuelta a la llamada "nueva normalidad", para ellos no ha sido más que volver a la "vieja anormalidad", esa en la que el concepto de vacaciones no tiene cabida, por el simple hecho de que este concepto de descanso en días de fiesta no existe cuando, simplemente, no existen “días de fiesta”.

Tengo que reconocer que, de los chicos y chicas que comparten el viaje en el proyecto Nazaret, quienes más me impresionan son quienes dejarán a millas de kilómetros a sus hijos pequeños. Sólo imagina las horas muertas de estos chicos pensando en quienes dejaron atrás estremece.

Si les pidiéramos una redacción igual que hizo Miss Moffat, podríamos encontrarnos con cualquiera que nos contacte algo como ... ¨ cuando en estas noches de verano el calor no me deja dormir, en la oscuridad de la habitación cojo en brazos al pequeño. Muy despacio y en voz baja le leo el cuento de siempre, el que más le gusta. Puedo sentir su respiración, tocar su frente para secar el sudor y observar cómo se va quedando dormido. Mientras, mi esposa termina de recoger la casa, apagamos la luz y nos vamos a dormir… Esas son mis vacaciones ”.

Lunes, 15 Junio 2020 11:02

Sentimientos encontrados

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Sentimientos encontradosTodos y todas conocemos a uno. Chicos jóvenes -la mayoría- que siempre han estado ahí, en "su" semáforo, con su paquete de pañuelos en la mano, o diversificando el negocio con parasoles o paraguas, según las oportunidades que ofrece el tiempo.

Siempre están ahí, generalmente con una sonrisa, en parte como estrategia de negocio para conseguir el euro que necesitan, en parte por su forma de ser. Algunos se han convertido, como ocurre con el roce, en conocidos, incluso con cierto grado de amistad, con el respeto que merece la palabra. A través de su español trabado, hemos sabido de su nacionalidad, del tiempo que llevan aquí, de las dificultades que encuentran. Y, en esa relación, no pocas veces han surgido espacios de ayuda espontánea, no solo en forma económica, sino de asesoramiento. Son encuentros que duran menos que las citas médicas: el tiempo en que un semáforo pasa del rojo al verde. Apenas segundos, pero suficientes muchas veces para dejar semillas de reconocimiento a ambos lados de la conversación. Segundos para dejar la mente abierta a reflexiones sobre los problemas cotidianos, sobre nuestras posibilidades de ayuda, sobre la impotencia, la rabia. Segundos para plantearnos cuestionamientos sobre la globalización, sobre la injusticia, sobre la función de la migración, sobre las respuestas posibles, sobre los miedos a las avalanchas, sobre lo absurdo de los discursos del odio. Su sonrisa nos habla también de resiliencia, cuestiona nuestros enfados por nimiedades, confronta lo que nos preocupa con sus preocupaciones. Y nos deja pensando cuando ya metemos la primera marcha para salir, porque el semáforo ya cambió a verde y algún impaciente nos pita para que avancemos, a veces incluso manifestando su disconformidad con que, encima, pongamos buena cara y apoyemos a esta gente que... debería estar en su país.

Esta semana hemos vuelto a verte de nuevo en tu lugar, después de estos meses en que el coronavirus ha puesto el semáforo en rojo para todos y ha hecho desaparecer tu sonrisa, como la de tantos otros que viven, sobreviven, de lo cotidiano en el sentido más estricto. No sabemos si ahora sonreías, porque la mascarilla tapaba la mitad de tu cara, pero tus ojos sí brillaban, quizás por la esperanza que representan para ti la vuelta a tu único medio de vida y nuestro euro insignificante.

Tampoco sabemos si el COVID-19 estará siendo lección suficiente para hacernos revisar nuestras prioridades humanas, para empujarnos a actuar más allá del asistencialismo cotidiano, para hacernos entender que son muchos los que, de no hacer nada, seguirán siendo descartados y quedarán al margen de la necesaria reconstrucción. Pero nos alegramos de verte, hermano.  

Viernes, 15 Mayo 2020 13:57

De Mama África a persona mayor

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Nos conocemos desde hace unos 30 años. Anastasia llegó de su Guinea Ecuatorial natal a Sevilla siendo su hijo un crío de 2 años. Salió huyendo por una situación de violencia doméstica, como hoy sigue pasando con tantas personas que necesitan abandonar sus lugares de origen dejando atrás historia y familia.

Se fue asentando en Sevilla, intentando encontrar un hueco en nuestra ciudad, pasando por momentos muy difíciles tanto a nivel económico como familiar. Pero nunca olvidó algo fundamental: su fe y el compromiso que se deriva de ella, ligado a los más pobres. Y casi desde sus comienzos formó parte de la asociación Sevilla Acoge, donde trabajamos mucho apoyando a personas migrantes y sus familias que, desde entonces, han estado formando parte de la vida de nuestros barrios.

Y Anastasia encontró la oportunidad de volver a África para seguir trabajando, especialmente con las mujeres, en diferentes proyectos de promoción. Estuvo en Burkina Fasso, Senegal, Guinea Bissau, hasta que por fin la historia le permitió estar de nuevo en su país, aportando lo mejor de si, con el estilo que le caracteriza: un compromiso cercano con los más pobres, pero muy crítico con las estructuras que producen la pobreza, denunciando firmemente la corrupción y las trabas para poner en marcha iniciativas que los liberan.

Por todo este trabajo fue reconocida como Mama África, tanto por el pueblo sencillo como por el propio gobierno, que escucha atentamente sus aportes, demandas y denuncias, pese a los enormes obstáculos de una sociedad aún muy machista y conservadora.

El paso de los años y la enfermedad nos devuelven ahora a Anastasia a Sevilla, a donde regresa con sus hijos, sevillanos de piel oscura y acento andaluz. Aquí, sin embargo, no solo sigue siendo tratada como extranjera sino, ahora, también, con las connotaciones que implica en nuestra sociedad ser una persona mayor, haciendo que ya casi nadie reconozca el valor de su trayectoria.

En muchos países africanos, los años vividos son comprendidos como fuente de historia, de experiencia y de sabiduría. Aquí, ante el asombro de muchos de nuestros hermanos migrantes, las personas mayores van quedado en el olvido, como objetos de museo a los que nos toca cuidar, pero a los que hemos dejado de escuchar hace mucho tiempo. Como a Anastasia, la crisis sanitaria actual nos está devolviendo la realidad de la vulnerabilidad de las personas mayores, sobre dramáticas disyuntivas edadistas que naturalizan su irrelevancia social. Ojalá podamos aprender de ellos nuevas formas de querer, de proteger y de reconocer la vida de nuestras personas mayores.

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